27 jul. 2010

Culebrón Nocilla (capítulo UNO)

Hace pocos años incrementé mi obra inédita con un relato que, más o menos al principio, dice así:

“Mira las solapas y, en su mayoría, ve caras viejas. Jóvenes —que lo sean más que él— aún hay pocos. Pero todo se andará, aunque evite incurrir en este pensamiento como cuando era pequeño y dudaba sobre la autenticidad de la pureza de la Virgen. Tanto éste como aquél son tabúes autoimpuestos que le torturan; por ser dogma el segundo, el primero es sólo cuestión de tiempo que pase de mero escozor a grito salvaje en sus tímpanos.”
Recuerdo cuando a Rodrigo Fresán se le consideraba un joven valor de la literatura en castellano. Era joven, desde luego, pero no precisamente un yogur con la fecha de caducidad impresa en el lejano futuro. Jóvenes promesas literarias con cerca de 40 (cuarenta) años y que hoy ya los sobrepasan con creces. ¿Qué hicieron para llegar ahí? ¿Cómo se las ingeniaron para despuntar en un panorama editorial sencillamente aterrador, plagado de falsos artistas, y cuyos planteamientos estéticos son tan espurios como los meramente financieros o inmobiliarios?

Pensemos que el mundo literario visible es la punta de un iceberg. Por debajo, tragando agua y bilis, hay todo un continente de autores que esperan su momento para salir a la superficie. Libran batallas para, como mucho, aspirar a dar unas boqueadas de aire frío antes de sumergirse de nuevo en un océano helado.

De vez en cuando, un cacho de hielo se desprende de la mísera y abigarrada base y sale a la superficie. Solo. Sin la seguridad que da la masa visible (y la invisible) frente el calor de los focos que amenazan con derretirlo en pocos segundos. Pero puede ser que este osado trozo famélico de reconocimiento atraiga a otros semejantes. Más cubitos que, quizá inopinadamente, se unirán a él hasta formar un pequeño islote que comenzará su ya no tan solitaria andadura por aquellas aguas, estos mares. Utopía: hundir el presuntuoso Titanic. Abrirle un agujero en la cubierta de estribor para que se vaya a pique y todos esos falsos viajeros a ninguna parte dejen de ufanarse de ir en primera clase.

Esto es una historia sobre la evolución de las especies. Como nos contaron y hemos leído, la vida se inició en el agua. Los cubitos de hielo consiguieron hacer una mínima brecha en el Titanic y pusieron rumbo a la orilla. Allí se dieron cuenta de que no se descongelarían si se mantenían siempre juntos. El primer cubito se llamaba Vicente, el segundo Agustín. Estaban además Javier, Eloy, Lolita, Jorge. La gente comenzó a reconocerlos por la calle. Mira, ahí van esos cubitos. Como las calles estaban sucias, y además hacía mucho calor para unos simples cubitos, de ser transparentes tornáronse de un marrón uniforme y brillante, color chocolate, y perdieron la consistencia sólida; su ser devino crema; untuosos con ellos mismos aunque algo ásperos para los demás. Entonces el cubito Agustín soñó con cuando era pequeño y su madre le ponía Nocilla sobre rebanadas de pan para merendar. La Nocilla tenía la misma consistencia que ellos ahora: mantecosa, marrón chocolate. El cubito escribió, pues, un poema en prosa y lo tituló Nocilla Dream.

Yo pedí Nocilla Dream por mail y me lo enviaron por correo y fui a pagarlo al banco. Mucho debió de interesarme lo que el cubito Vicente escribió sobre el primer poema en prosa del cubito Agustín para que soportara aquellas burocracias. Y Agustín, tras comprobar que los focos no derriten, sólo calientan los ánimos y las ánimas, compuso otras dos obras más, Experience y Lab, con el Nocilla delante. Triple (o trilógico) éxito, pues. Entretanto a los cubitos, ya reconocibles por la pátina crema(tística) que iban dejando por las avenidas y plazas cuando desfilaban, los críticos taxonómicos les fueron añadiendo, como quien pega chicles en el pelo de los demás, otros trozos de hielo desperdigados que danzaban por ahí. Quizá estos últimos se dejaron querer por causa del chocolate. Quizá no. Lo cierto es que ahora había ya cubitos Manuel, Juan Francisco, Mercedes, Robert, Mario, Jordi…: todos Nocillas a los meros efectos administrativos. Se erigieron (o los erigieron) en el Nocilla Team y, reconocidos como en su momento lo fueron los Globetrotters, fueron libres de irse a trotar por el mundo, enseñando sus cabriolas y mates —los "mira, mamá, sin manos"— en canchas posmodernas, vanguardistas, canchas con un solo espectador o miles, según se terciara.

Es decir: ya podía hablarse de Generación. Como la del 27. O de grupo consolidado, como el de Bloomsbury. Pero con base en los 70 y en blogs, en lugar de otros tipos de espacios más prosaicos y épocas absurdamente pretéritas. Especies de espacios que no se llenarían por más que hicieran inmensas listas de pensamientos dichos y por decir. Fue más o menos entonces cuando uno de los mejores cubitos, digamos un cubito añadido —no sé si decir postizo o evitarlo; quedémonos con lo de mejor cubito—, se sacó de la manga el término Mutantes. Porque los cubitos ya no eran lo que fueron, habían cambiado. De ricos en hidrógeno y oxígeno habían pasado a estar compuestos por leche, cacao, avellanas, azúcar y grasas saturadas. Era el momento de la diáspora, del spin-off. Cubitos tan gordos no podían limitarse a estar siempre juntos. Hagamos las Américas, se dijeron. Hagamos vidas paralelas, pero separadas —acordaron. La red es un espacio que lo soporta todo, incluso la distancia. Un acuerdo peligroso pero a la postre inteligente y rentable. Una apuesta literaria afterhours.

Antes de ello sufrieron, no obstante, penalidades. Fueron vilipendiados, pasados por las piedras de la crítica, acusados de plagio intelectual y de banalidad conceptual. Parte de la culpa de estos ataques la tuvieron los propios cubitos, a los cuales, como suele decirse, les va la marcha. Por ejemplo: se arrogaron la capacidad de renovación de la literatura española. Como si ellos, por razón de constituirse en mera agrupación reconocible en los medios, fueran los únicos a quienes pudiera atribuirse la construcción de cosas diferentes y avanzadas con las letras. Una postura un tanto maniquea que parecía negar la posibilidad de innovación fuera de su círculo. Los de al lado, algo que estaba cantado, se cabrearon. Pero los de enfrente se enfadaron mucho más, pues se veían retratados en las etiquetas que uno de los cubitos, el más jurista y quizá el menos cubista, procedió a adjudicar a sectores enteros del frigorífico literario. (Divide y vencerás.) A éstos les dedicaron el epíteto de tardomodernos, otorgándoles una fecha de caducidad basada en los gustos atrofiados de los lectores, éstos en su mayoría acomodados a la sopa boba ofrecida por las editoriales mayoritarias y los críticos financiados por los mass media. A los primeros (los de al lado, es decir, sus semejantes puros) los consolaron dedicándoles piropos posmodernos, y a quienes evidenciaban trazas de permeabilidad al cambio que ellos propugnaban comenzaron a llamarlos, como ya he dicho, mutantes.

Mutar ¿hacia dónde? El cubito Vicente, con la frialdad que otorgan los ensayos tecnológicos, predijo un mundo pangeico, mixto, digital, audiovisual. Un mundo literario construido mediante la unión de fragmentos narrativos provenientes de múltiples disciplinas —queda mejor decir interdisciplinar, pero no me da la gana—, sin excluir las tecnológicas y científicas. Un espectro espacial en el que todo tiene cabida, desde los textos reciclados (que no son otra cosa que las citas de toda la vida y los intertextos literarios) hasta los SMS escritos con la jerga propia de los mismos. Pero además los anuncios publicitarios, los extractos de comentarios en foros y blogs, las llamadas telefónicas, los territorios de la arquitectura y la geografía. Esta política anexionista, de nuevo colono en la vieja América, devino amplio concepto de basura literaria, científica y tecnológica cuyas aprovechables partes conviven en un nuevo espacio, el literario, que aspira a adaptarse a los frenéticos ritmos sociales sin desdeñar —en una postura contraria a la de la tradicional alta cultura, que las consideró siempre bazofia de baja extracción— cualesquiera de sus exponentes (y excrecencias) ontológicas. A todo esto el cubito Vicente le denominó la Luz Nueva, para intentar borrar el otro adjetivo decididamente más pringoso y menos poético: es decir, Nocilla. El objetivo es limpiar de obsolescencias el futuro inmediato. Renovar superficies pintando —componiendo, pensando, versificando, posteando, escribiendo— de otro modo que se diluya con el carácter de la sociedad actual. Poco falta para que, como en las mejores pesadillas de los inventores de reality shows, sean los lectores quienes acaben escribiendo los libros de los autores, interviniendo en ellos mediante un papel que supere al clásicamente pasivo de la pura y simple lectura.

Después del pacto para ampliar horizontes físicos e intelectuales, los hielitos han seguido creciendo y publicando. Es posible que hayan bajado un escalón para así poder coger de la mano —manos heladas, despersonalizadas, manos sin un yo reconocible— a un grupo de lectores más nutrido, porque el número de los anteriores era realmente pírrico. Ahora encontramos cubitos mejor dirigidos. Hielos sólidos en Alfaguara (Manuel Vilas), témpanos reconocidos en Seix-Barral (Vicente Luis Mora), aludes de nieve en la Pompeu Fabra (Eloy Fernández Porta), o rocas de hielo en Anagrama (Juan Francisco Ferré). Algunas barras de hielo están temporalmente hibernando, a la espera de próximas publicaciones. Estos cubitos saben a dónde van porque de hecho vienen de allí. A mí, personalmente —y desmintiendo el tono de lo escrito hasta ahora—, me gustan varias de las escarchas que producen estos hielos. Suelo coger un vaso ancho y llenarlo a medias de una bebida fuerte y completarlo con otra más banal, habiendo puesto antes un solo cubito, cualquiera de ellos, para degustarlos de uno en uno. Porque las agrupaciones están bien para salir a la superficie, pero luego te das cuenta de que frente a un teclado sólo cabe uno. Y que todos los demás, detrás o al lado, mirando y apuntando, no ayudan sino, más bien, estorban.

Próximo capítulo: El cubito Vicente Luis Mora.

25 jul. 2010

Réquiem

Sobre David Foster Wallace escribí el 21 de noviembre de 2006:

Me ha dado por pensar que tenía razón Bolaño con aquello de que la Literatura es un trasunto kitsch de la mitología griega. El Olimpo y sus dioses y los adoradores y los oráculos y las batallas entre mortales defendiendo la adoración oligoteísta en contra de la poli-, y no digamos ya si contra la mono-. Los lectores, sin percatarse, cuando cierran un libro y hablan a otros de éste y de su autor e intentan transmitir su entusiasmo por lo que acaban de experimentar, no están haciendo otra cosa que narrar una experiencia mística; no pueden creer cómo han sido capaces de vivir hasta ese momento sin leer tal libro; su vida sin ese libro carece de sentido. Imaginemos ahora que ese lector sólo ha leído ese libro de ese determinado autor. Si se ha “entusiasmado” tanto, lo normal será que se lance a la caza y captura de los demás libros del autor (y si es libro único o era ya el último de la completa obra ya leída, entonces mala suerte, muchacho, a llorar por los rincones o a releer por sistema —aunque entonces parte de esa magia acabará perdiéndose por manosearla tanto; un poco como en algunos matrimonios). Andará inicialmente buscando la ganga aunque eso le obligue a dilatar la nueva experiencia —es más, será como si estuviera rezando para encontrar otro libro aún más barato que el otro, otra pieza para él de incalculable valor, digamos, psíquico—, será como si hubiera añadido otra estampa más a su altar particular iluminado con velas de olor y le rezara a su grupito de imágenes “santas” para encontrar la pieza adecuada no demasiado tarde y poder así satisfacer lo que si el hallazgo se demora mucho irá convirtiéndose poco a poco en verdadero mono de la prosa de ese ya idolatrado autor. Si no la encuentra y su adicción entra irremediablemente en fase de pre-delirium tremens, quizá entonces claudique y vaya a librerías normales —vale decir comerciales— y si no lo encuentra en éstas quizá lo encargue y, si tampoco, pues qué le vamos a hacer, iremos a la biblioteca donde con un quizá y un poco de mala suerte tampoco lo tengan, ¡oh, mierda!, y entonces no sé qué narices vas a hacer para poder ponerte otra vez como cochino en una charca (Alvear(1)), ciego a bombones (una novia que tuve: por qué engordará el chocolate, decía), o huraño como Gollum al encontrar ese tan particular anillo que hace que la mierda que te (nos) rodea se vuelva invisible cuando tienes la joya literaria entre las manos.

Así me he sentido yo con Foster Wallace, Annabella. Aunque, como es natural, no excluyo ser uno entre pocos enfrentado a muchos más otros que 1) no les gusta Foster Wallace por encontrarlo difícil, digresivo o con vida pero sin alma (sic de José María Guelbenzu), 2) tienen envidia de que un (otro) americano —y este además con pañuelo en la cabeza como los tontainas de Milly Vanilly y vaqueros semirajados y sonrisa de querubín pero que en el fondo les da que es de autosuficiencia, jactancia y algunas otras cosas peores—, sea quien traiga las epifanías de la época envueltas en tochazos que pueden causarte una seria esguince cervical y tendinitis en los antebrazos, no hablemos de las casi pesadillas si tienes la suerte de, de vez en cuando, disponer de unos minutos para quedarte traspuesto a mediodía, después de comer, y 3) no les guste Foster Wallace sin que ello necesariamente implique prejuicios como en 2) o estrechez como en 1), sino que más bien se trate de que prefieren ir-enterándose-de-las-cosas-de-una-en-una y a ser posible con un orden cronológico adecuado y sin neologismos ni deconstrucciones del texto ni variaciones infinitas y extremadamente minuciosas sobre tal o cual aparente nimiedad aunque tu vecino de lecturas te diga que precisamente eso, todo junto —además de una gigantesca capacidad de exprimir hasta la última gota del limón—, sea lo que hace que la prosa de este freaky de la literatura sea tan altamente adictiva, atractiva, y todos los –iva que queramos pero no, y de ninguna manera, y aquí está la gracia del eclecticismo que propongo, excluyente.
Posteriormente, el día 25 de noviembre del mismo año, tecleé:

Voy, más o menos, por la mitad. El trabajo es ahora como un moscardón que no puedes quitarte de encima. Objetivos que, si renuncias a alcanzarlos, es como si estuvieras quitándote años de vida (futura). Algo antiético con uno mismo desde un punto de vista psicoergonómico. Pérdida de tiempo útil bajo una óptica exclusivamente monetaria versus distensión mental y avance en ese camino sinuoso y nunca paralelo y no siempre escondido. O responsabilidad y rol asignados versus imaginación y cojines y manta sobre las piernas. Un coñazo electivo en el que siempre termina triunfando el sentido común, esa característica principal de la cordura definida mediante cánones tradicionalistas. Y también, sí, un coñazo pero, afortunadamente, con elementos gratificantes no directamente relacionados con el bolsillo, por fortuna.
En aquellos maravillosos años había leído poco a Foster Wallace. Breves entrevistas con hombres repulsivos fue mi primera lectura suya. Relatos sin la ortodoxa y herrumbrosa estructura usual y ergonómica que, curiosa y sorprendentemente, siguen escribiéndose y, más extrañamente aún, leyéndose. Entrevistas con sólo respuesta, imagina tú la pregunta, tampoco es que sea demasiado complicado ni te exija un severo estrujamiento de tus neuronas. Pero también relatos, definiciones léxicas, gamberradas puestas por escrito. De ahí pasé a Algo supuestamente divertido que nunca volvería a hacer. Se trata de, en puridad, un libro recopilatorio de artículos hilarantes o cachondos, elige tú el término, escritos con la óptica genial de un excepcional observador de los actos y naturaleza humanas que no se conformaba con el mero relato descriptivo-narrativo e iba más allá de las habituales suposiciones. Como en Hablemos de langostas, lo mismo que el anterior pero más actual en su publicación. Un escritor amigo (que también es amigo escritor, nótese la diferencia) me observaba el martes pasado por la noche que los lectores de Foster Wallace lo son, en su mayoría, de sus artículos periodísticos. Artículos que destilan inteligencia y abruman con su carga irónica, parodiando literariamente el reflejo de actitudes cuyas características esenciales pasarían, de otro modo y como siempre, inadvertidas. Recuerdo con especial contundencia un artículo suyo sobre la obra de Bryan Garner Dictionary of Modern American Usage, no recuerdo en qué libro aparece. Se trata de un texto denostado por cierto sector de la crítica estadounidense porque en él Wallace aprovecha para contar parte de su vida en familia, vida absolutamente dominada por la literatura y especialmente por la corrección gramatical que su madre imponía en la casa. Hay una frase que define genialmente a Foster Wallace, escrita por una alumna suya en un comentario a una crítica demoledora (a really evisceration) que hicieron sobre su artículo de Garner: “He works a class to the point of suicide”. David agotaba el tema hasta un punto demencial. Lo que para quienes apreciábamos su literatura era quizá lo mejor de su literatura.

La broma infinita merece atención aparte. Qué es esto, nos preguntamos, mil doscientas páginas en las que se habla de tenis, drogas, cine, literatura, velos, bellezas que matan, publicidad, televisión, camaradería y soledad, familia. En el blog del lector malherido se dice “los fans de David Foster Wallace me caen todos muy mal”. Los odia porque sólo puede comprender a un lector así por un impulso tipo “voy a leerme una novela de más de mil páginas”; y también mete en el mismo saco a los lectores del 2666 de Bolaño. No puede ser menos objetivo con este tipo de comentarios, aunque el mencionado lector malherido conserve, en la mayoría de sus artículos, una capacidad de criterio encomiable. La broma infinita es una de las pocas obras que me han dado varios quebraderos de cabeza. Primero, su búsqueda. Hasta encontrarla en una librería de Castellón, recorrí no menos de veinte diseminadas en toda la geografía nacional. No la pedí por correo porque me gusta tener los libros en la mano antes de comprarlos. Al final la vi en un estante y la cogí y me fui directo a la caja sin siquiera quitarle el plástico protector para ver qué era aquello. Segundo porque hizo que gastara un tiempo no literario en cosas literarias y que perdiera un dinero no ficticio en inversiones en ficción no cotizada. No voy a decir de qué va, sólo que se trata una maravilla de la literatura. Ignoro sin Harold Bloom, en sus revisiones del canon de la literatura mundial, la ha incluido ya o no, pero debería o, si no, sus lectores deberíamos acaudillar una iniciativa para (por ejemplo, vía Facebook) que la incluyera.

La niña del pelo raro (relatos y una novela corta, que no da nombre al libro), y Extinción (relatos) son igualmente memorables. Aunque en Extinción se aprecie un afilamiento del estilo, normal en todo escritor por el mero paso del tiempo, y de la temática, características ambas que no contentan a sus lectores quizá más superficiales (véase el blog Sólo de libros). Porque la literatura de Foster Wallace, le decía yo el martes por la noche al escritor-amigo-escritor, tiene varios niveles, otra de sus virtudes. Un nivel lúdico que atrae, entretiene y divierte; otro irónico, que también divierte e invita a pensar; otro más, elitista, odiado por todos esos que son legión del quiero y no puedo; uno más puramente didáctico; otro intertextual, como no podía ser de otra manera; y otros… Y no puede estarse de acuerdo con Guelbenzu cuando dice que el drama está ausente de la literatura de Foster Wallace, que no tiene alma por tanto. Podríamos poner una tonelada de ejemplos: la entrevista al tipo que se acuesta con la masticadora de avena que fue violada en una carretera; la nota a pie de página sobre las consecuencias personales del éxito sobre el tipo que inventó la vacuna contra el sida o el cáncer, no me acuerdo de cuál fue; la prueba efectuada sobre consumidores del nuevo pastelito industrial denominado Delitos; el avance en la dependencia toxicómana del tenista Incandenza; el artículo sobre el rodaje de Carretera perdida de David Lynch; o el audaz sobre el televisivo David Letterman; etc. Lo que sí puede afeársele (pero sería un error porque desproveería a su literatura de una de sus características fundamentales) es el grado superlativo de incidencia en detalles que para otros escritores serían superfluos. David Foster Wallace no es Carver, ¿queda claro? Él mismo, en La niña del pelo raro, se refiere a la escritura de una escritora que, junto con otras personas, se dirige a un congreso organizado por McDonald's (y al que asiste el mismo payaso Ronald MacDonald), con un simple “mira, mamá, sin manos”. Esto es lo que hace Foster Wallace, dirigir a sus lectores hacia una reflexiva mirada irónica sobre su propia escritura, la de él, e invitarlos a que la critiquemos y diseccionemos, a que averigüemos cómo hace lo que hace, pues parece estar escribiendo “sin manos”.

En definitiva, te quedes con el nivel de lectura que te quedes, y si son varios mucho mejor, lo que sin duda sucederá es que disfrutarás como cochino en una charca.

Terminemos con un minuto de palabrería y con estas notas a pie de página que no añaden nada a lo ya escrito, pero que creo dicen más que el habitual silencio respetuoso con alguien fallecido. David Foster Wallace se suicidó colgándose en su casa mientras su mujer estaba fuera haciendo unos recados. Tenía pulsiones suicidas conocidas por su entorno. Él mismo pidió en algunas ocasiones el internamiento. Dejó viuda y lectores viudos. En las muchas reverencias que se le hicieron tras su muerte, se le retrató como “campeón del experimentalismo”, pero la que más acertada veo es la de que “hurgaba entre la basura”, pues quedarse con el simple recuerdo de la estructura de sus textos y su estilo es reducirlo a mero compositor artesano y no al vocacional derribista que en realidad fue. Un genio, para de verdad serlo, tiene que ser incomprendido. Qué mejor entonces que una muerte digna de escritor para comenzar a leerlo y, de paso, comprenderlo.

(1) Quien, para los que no tuvieron la suerte de conocerlo, fue un amigo internauta que un mal día, como en el relato de Hawthorne, desapareció sin dejar rastro aunque con casi total seguridad se quedó a espiarnos desde unas ventanas con cortinas y la adecuada penumbra en la casa de enfrente. Al respecto escribí, un día antes del primer comentario, lo siguiente: “Como dije y quizá alguien haya leído, estoy leyendo La broma infinita, de David Foster Wallace. Hace eones que un forista muy apreciado de por aquí inauguró una moda consistente en ir comentando las lecturas aun sin haberlas terminado en el momento de comenzar a escribir o hablar sobre ellas. El forista, hace bastantes meses más de dos años, decidió dejar de postear temporalmente dando, pues ese era su estilo, una excusa para hacerlo en apariencia convincente en aquel momento pero que hoy, ahora, tras esa ausencia tan grande y el vacío molecular y hasta como de cráter lunar que se nota en LA porque él no está, tiene todos los visos quizá no de una tomadura de pelo, pero sí de un engaño con pretexto profesional que puede que escondiera una autoexigencia psíquica basada en imperativos familiares que desconocemos porque no se ha dignado en venir y contárnoslo aunque sólo fuera en una mera y mísera visita de cortesía; un hola pasaba por aquí hasta luego encantado de poder saludarlos lo siento pero llevo prisa. Nada. Pero eso no quita para que te echemos de menos. Para que te eche de menos y sea tu ausencia uno de los motivos recónditos y ocultos, pero enmarañados en tantos otros que no sé adjudicarle puntuaciones y grados de culpabilidad a tu ausencia y a las de otros/as y a los míos propios, para que sea tu ausencia, decía, una de las causas por la que se me quitaban las ganas de aparecer por aquí. Porque esto, LA, para que sepáis los que sois más nuevos aunque llevéis toneladas de posts y aún sacos de ilusión por haber descubierto el foro, era una auténtica fraternidad cuando él y otros/as aún estaban por aquí, éramos Hermanos y Hermanas que hablaban sobre libros y enseñaban sus cagadas literarias y poéticas y, agarraos, había feedback y posfeedback y no terminabas de postear una respuesta a una pregunta dada a un post tuyo cuando ya te estaban bombardeando con más respuestas y retroalimentaciones a lo que fuera que hubieras dicho páginas antes pero, y aquí está el milagro, tan sólo minutos antes. La conversación era tan fluida y rápida y avanzaba y se disparaba en tantas direcciones a la vez que no me explico cómo no posteábamos nuestros números de teléfono y contratábamos tarifas planas y nos enzarzábamos en multiconferencias de larga distancia para hablar sobre un puto libro o sobre lo que fuera. Foristas viajaron para conocer a otros foristas. Cruzaron océanos y cubrieron distancias intercontinentales para hablar cara a cara y no asíncronamente con una pantalla de ordenador como intermediaria. Dieron excusas laborales o de vacaciones, dijeron qué más da un sitio u otro, tengo unos días y tu país es tan bueno como cualquier otro y además ya tenía ganas de darme una vuelta por ahí y conocer esa parte del planeta. Era un milagro inversamente proporcional a la distancia lo que quizá unía a tanta gente distinta con la excusa de que ellos también leían. Ése era en apariencia el común denominador que propiciaba momentos de tal apelotonamiento de nicks en la pantalla que no sabías a quién saludar; que provocó férreas regulaciones en los concursos porque la concurrencia era absurdamente elevada y demasiados querían ganar el primer premio (pero curiosamente no para ufanarse de ello, el objetivo era sentirse más miembro a base de charreteras cibernéticas); que puso en riesgo jornadas enteras de trabajo por querer estar al día de todo lo que se hablaba y discutía en el foro; que posiblemente fuera finalmente la causa de que el famoso forista a quien me refiero decidiera un día desengancharse de LA, de su adicción a entrar y leer y postear y, literalmente, perder todo el tiempo ganduleando por aquí. Tan parecido entonces a Alcohólicos Anónimos, en los momentos en que llegabas y te presentabas y decías Me llamo Fulano de Tal y Yo Leo; pero lo gracioso era cuando decías lo que leías, aunque exageraras e incluyeras en la lista algún que otro autor o libro que tú creías culto o elevado; chaval, nada digno de leerse, deja eso, nosotros vamos a enseñarte de verdad lo que es un libro y luego tú decides, libremente, vas a ver qué es leer de verdad y qué son lecturas de verdad y no esas estampitas que dices que has leído y que te han “encantado”. Y entonces tú resoplabas y decías para ti Vaya pedantes, voy a mandarlos a la mierda, yo no entro más por aquí. Pero por alguna razón volvías y entrabas y leías, quizás aún sin nick ni avatar. Y entonces el lector supuestamente adicto y compulsivo que eras antes de entrar a LA mediante la ayuda vicaria de Google comenzó a comprar/pedir en la biblioteca libros que antes te parecían un rollo-que-no-vende-porque-es-un-coñazo, y comenzaste a leértelos y a entender que había otras cosas distintas a planteamiento-nudo-desenlace; leíste y leíste y pasaste de los 15 ó 20 al año a los 50 y al siguiente a los 80 y al otro que vino después a los 130. Comenzaste a llevar listas de leídos y de no leídos y de leíbles. Te diste cuenta de que hay una diferencia fundamental entre leer y “leer”; de que antes creías que sabías pero el conocimiento crece exponencialmente cuando utilizas los discos duros mentales de los demás, cuando real y sinceramente ellos lo ponen a tu disposición, sin contrapartidas; de que cuando no conocías a los foristas de LA ibas a las librerías con ganas de libro pero perdido en lo que se refiere al qué y el porqué y pensabas que un dependiente de librería era un sabio pero que hoy y ahora son sólo eso, dependientes intercambiables entre distintos tipos de producto, y ahora ya sabes que sabios no hay, ni tú mismo ni ellos ni los otros, sólo hay gente que lee, algunos más, algunos menos, algunos nada. Y en esas estabas, cuando la ilusión del compartir se había hecho tan cotidiana y entrar a LA era como echar un cigarro en la puerta del trabajo o ir a desayunar o incluso jugar a cambiar de canal en la TV, y de golpe y porrazo no sabes qué pasa pero la gente empieza a largarse, dejan de aparecer todos los días, sólo entran de vez en cuando y ya ni siquiera postean. Alguien dice entonces que siempre hubo épocas en LA, que esto es así y no hay por qué preocuparse. Imaginas curvas de demanda y de audiencia, pero también gráficos de saturación y adicción. Imaginas una diáspora lenta y te preparas para lo peor. Te preguntas por qué, por qué.

Por qué.

18 jul. 2010

Diez días y nueve noches y cinco o seis libros

Como me gusta vivir el presente más que cualquier otro disfrute de los humanos conocidos, y el indicativo es una magnífica manera de ajustarse al mismo, voy a explicar en ese tiempo lo que apenas hace unos días me ha pasado o ido pasando. Rabiosa actualidad en todas sus formas narrativas por igual.

Son unos días que hemos pasado en Provenza. Nueve y pico. Es la cuarta vez en mi vida que visito dicha región, y si no cometiera exceso poético menos alejado del yo, diría que las lágrimas se me saltan en la cola de embarque del aeropuerto, a la vuelta. Estamos, pues, en Provenza, con su centro desplazado en Aix-en-Provence, centro de cultura y culturas, ciudad del agua latina en donde rara es la fuente cuyas aguas son nocivas para el interior de los cuerpos: y qué exteriores. Pareciera que la nota media para vivir allí estuviera sobreelevada, o que hubiera numerus cláusus para la fealdad. Aix es el goce estético aun de lo destrozado y grotesco. El placer de la calle y sus viandantes, su arquitectura decrépita, la canícula envolvente en las butacas de las braseries. Pero también son la música, la lectura, el cine y la pintura y la escultura. Aix es eso y los vinos de los campos que la almohadillan, sus plats du jour, formules petit-déjeneur, les boulangeries et patisseries y hasta el oriundo Carrefour y los ubicuos Intermarchés Casino. Todo ello aderezado avec les pichets de vin rosé con cubitos de hielo y el poulet au four aux herbes sur lit de pommes de terres: bagatelas que se crecen con los sobrantes de luz y los balsámicos ritmos de la crème frâiche.

Como digo, es la cuarta vez que voy y vengo. Una, hace veintidós años, camino de otra parte. Otra, once atrás. (Estas dos primeras en furgoneta y coche, un goce añadido.) Y la penúltima el verano pasado, como intermedio de unas jornadas de trabajo en Cataluña. Sin embargo, Provenza se desnuda cada vez un poco más ante mis ojos. Adquiere otras tonalidades, su sol reverbera distinto. Francia se suma a mi particular cesto de afectos por más que los españoles seamos allí históricamente mal recibidos. Pongamos la otra mejilla entonces, pues a lo mejor ahora recibimos un beso en lugar del último de los inmerecidos escupitajos.

Vemos varias jornadas de Tour y nos emocionamos con los naturales de allí. Desayunamos celebrando la toma de la Bastilla entre desfiles televisados por las calles de París. Acallamos nuestro júbilo ante el gol de Iniesta puesto que mañana es lunes y laborable y el partido se alargó demasiado. Veneramos las sobremesas y los interludios, y por supuesto las esperas y los trasnoches, empapándonos de literatura. Aprendemos los reflejos de la lengua vernácula en la de nuestros vecinos y nos vamos desprendiendo de esa mugre inculta que es hoy la masa tan sólo bilingüe; ya sólo hará falta no desesperar y cejar en el empeño; puede que la vida aquí sólo sea un tiempo muerto antes de volver allí.

Pero hoy no quiero caer en los pútrida patria que reuniera Sebald, por mor de la alegría pero también porque allí he leído —leo— a Vicente Luis Mora. VLM me ha mostrado lo ya entrevisto (durante años en su blog) y leído (adquirido y mediante préstamo) pero en su mayoría oculto por esa montaña de prejuicios del morigerado mercado editorial español. Una lista de autores y títulos cuya próxima lectura me genera una impaciencia similar a la de una cita con Marion Cotillard, casualidades francesas en Inception (la vi en una entrevista en TF1 junto con Leonardo DiCaprio, bellísima; no veo, igualmente, la hora de ir al cine —pero habrá que esperar hasta el seis de agosto—y sumergirme en la película). Mañana mismo me acerco a la biblioteca con predisposición al saqueo —previa devolución religiosa de volúmenes por mis ojos ya violados—, y por si acaso con mis dos carnets (el mío y el de mi mujer) para así hacerme con hasta diez títulos (es decir, poco más de una semana).

Como no soy ni nunca seré crítico, ni académico, ni dialéctico, ni retórico, sino lector puro, en serie, quizá divagador entusiasta, polígrafo inédito, navegante de los ellos/ellas y escéptico del yo, no podré dar, cuando lo haga —si llego a hacerlo—, una imagen pura y científica de lo que subyace en la crítica literaria y literatura crítica de Vicente Luis Mora. Tampoco lo hago con los autores y libros que comento. Sólo intento mostrar mi entusiasmo, desbrozar el difícil camino de las elecciones futuras a quienes, como yo, el arte literario les puede por sobre otros tipos de narrativas. En todo caso, y quizá especialmente con VLM, tratar de aquilatar su verdadero valor despojándolo de sus artificios connaturales, simplificándolo y acercándolo a quienes puedan interesarles las aperturas de nuevas puertas a otro tipo de luces. Una labor de médium entre dos mundos triste y eternamente irreconciliables: la lectura como goce estético y sus logos y taxonomía. Siento como si estuviera hablando de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Pero ni yo soy Marlowe (ni tengo delante a otro intermediario), ni este Kurtz está muerto sino tan vivo como su literatura. Soy ese simple yo lector que mira pasar, por la ventanilla de un Renault Clio alquilado, viñedos y montañas y bahías y calas, escuchando a ratos canciones comentadas con cuchicheos foráneos. Somos lectores perdidos en un hangar repleto de arte de repetición desprovisto de toda tecnología aunque rebosante de tontología. Somos quienes nos dicen que seamos. Pocas veces quienes podríamos ser si una luz nueva nos iluminase.

2 jul. 2010

Black, black, black

Conocí la obra de Marta Sanz por una entrevista que le hicieron a Isaac Rosa. En ella Rosa decía seguir de cerca a Martin Kohan y a Marta. Busqué entonces a Kohan, busqué a Sanz. Los encontré y los leí a ambos y tengo que decir que mejor Marta que Martin, como opinión personal. Su Animales domésticos terminó por destaparme un entusiasmo por el desarrollo que poco antes se me había iniciado con Rosa. Atrapar una idea y exprimirla, agotarla sin agotar la paciencia de quien la escucha, la lee. Acomodarse al fraseo del electroencefalograma móvil de Sanz, Marta. Dejar que las obligaciones se escurran pero no querer callar a Marta. Pedirle, pero no medirle, palabras, comas y puntos, como ella mejor vea, como Marta quiera que le salgan. No exigir aquel estilo ni esa otra escuela porque estamos hartos de escuelas de estilos y de estilos de escuela. Buscamos a la Marta brava, efervescente, inmensa Sanz, inmensanz, magnífica Marta, martífica. ¿Quién es Marta?

Hace relativamente poco le decía a unos lectores que estamos mediatizados por el marketing y la publicidad —un binomio que no es tal, pues ésta es mero brazo armado de aquél, la faceta táctica de una planificación mucho más ambiciosa que su simple y pura representación sensorial—. Les hablaba de la desaparición de la libertad de elegir, ese título tan bonito de Milton y Rose Friedman. Porque aunque todavía podemos elegir, ya no es libremente, esa libertad yace sepultada bajo toneladas de avisos, notas, anuncios, impactos, consejos, impulsos, desistimientos e incultura. Vivimos constreñidos por un ruido de fondo con cada vez más decibelios, menos decires-bellos, más deci-bélicos y desirée-helios. Así, al entrar en una librería los lectores potenciales parecen hemipléjicos con dificultades para avanzar más allá de determinadas mesas o estanterías de género. Van con su lista de la compra, física o mental, en/de la mano; o a la deriva, confiando en alcanzar alguna isla no precisamente desierta ni “aburrida”. Es posible que hasta entren por el fresquito del aire acondicionado, o porque afuera llueva y es mejor esperar a que escampe.

A Marta, ya con varios libros publicados, le dieron un accésit del jurado en el Premio Herralde del año pasado. Presentó una novela negra, de detectives y de malos, Black, black, black. El primer premio se lo dieron a un director de cine. Quedó finalista una gran, enorme novela. Y a Marta le llovieron los elogios que provocaron una edición inusual, por recomendación literal, agraciada Sanz, Marta. Tan buena es la novela. De excepcional calidad literaria, dijeron. Además, siendo de Marta, con poca recomendación basta. Fuimos, pues, a la librería y salimos con más Sanz y con menos pasta.

Pero aceptemos que entran. ¿Qué buscan? Aventuras, templarios, terror, thrillers, missteeerioooo: entretenimiento en serie. Pero también: japoneses demodé, un premio del libre erario reciente, una faja elogiosa o avisadora de reediciones, de pretéritas obras o de miles de ejemplares vendidos, un autor estadounidense con sus inmigrantes obras nacionalizadas en Asturias, los últimos estertores de un otrora artista adolescente. Prosa ramplona, narrativa de repetición, sensaciones baratas de comprender, eau de pensées, relatos para matar el rato, poesía para acabar el día junto con leche templada y galletas.

Marta hace aquí de las suyas, quiero decir puyas. No deja que el lector se “aburra” —apuntad ya autor y título, malditos— en ningún momento. Podemos leer la novela como una novela. Pero también podemos buscar lo que quizás Marta pretende que encontremos. Alta literatura, bah, eso es de cajón. Un desarrollo brillante, claro, hablamos de Sanz. Una magnífica definición de los personajes: ahí es donde comenzamos a ver a nuestra Marta. Porque los personajes están definidos dos veces, bajo una doble óptica. Como si Sanz nos pusiera bifocales: ahora de lejos, ahora de lejos-cerca, ahora de cerca. Y el argumento: el argumento también es doble, triple, cuádruple: la novela es un ingenioso palimpsesto narrativo. Parece una cosa, y además otra… y varias a la vez. Por eso puede leerse en el sillón, en la cama, en la playa, en la piscina, haciendo el Camino de Santiago, desayunando, acostado, en los semáforos, en el metro, esperando o aguardando, tomando café, tomando a secas, concentrado, despistado, en el baño, afeitándose o depilándose, antes/después de hacer el amor, acunando al niño, paseando de un brazo, mientras los anuncios, cuando los descansos, tapeando, defecando, andando, después de los anuncios, sin descanso.

Definición de un lector del siglo XXI: sujeto objeto de, según los casos, acariciantes o estresantes impactos cuyo fin último (de esos disparos, de aquellos disparates) consiste en la compra de este libro y no de este otro; en la lectura de este título (esta contraportada, esa faja) sugerente y no de aquel otro, silente porque no atrae, no engancha, no llama, no atrapa: es difícil, o es serio, o no es conocido, o no ha oído hablar de él/ella.

Para empezar se trata de una novela en la que hay un asesinato, y sólo hasta aquí debería contar puesto que en parte se trata de descubrir al culpable, al asesino. A lo mejor es por eso que hay pocas reseñas largas de novelas detectivescas. Porque si se avanza, se cuenta y entonces se destroza el placer (el más superficial) de ir descubriendo pistas, comportamientos, actitudes; fabricando conjeturas, haciendo descartes, elaborando sospechas, armando faroles, escudriñando motivos, deshaciendo coartadas y construyendo castillos sobre hipótesis turbias. Pero si partimos de la base de que, en las novelas de este género, el asesino es el mayordomo, ¿qué nos queda entonces?

(Qué soy, quién soy.) Igual que, por ejemplo, nos define lo que comemos, estudiamos, trabajamos, amamos u odiamos, así también las películas y programas que vemos, la música que escuchamos, los libros que leemos. Uno es más Benedetti que otro cuyas horas se decantan por Woolf. Aquél bebe café en pocillos y a éste le agrada tomarse un té mirando el romper de las olas, en directo o en su recuerdo. Qué o quién nos hace así era una pregunta de difícil respuesta hace cien años, pero hoy ya no tanto. Hoy somos lo que elegimos de aquello que nos ofrecen (“en mi casa se hace lo que yo obedezco”, decía hace poco en la tele un personaje bastante interesante). Y ya sabemos que la oferta se decanta por lo seguro. Así, lo no ofrecido no existe. Aquello que permanece sepultado por los distintos mensajes publicitarios pasa inadvertido. La mayoría de las decisiones de lectura no se toman en base a criterios literarios. Son producto de buenas decisiones de marketing elaboradas por cabezas que se apoderan de la voluntad de los consumidores. Porque eso somos: consumidores de narrativa. Adictos al entretenimiento en uno de sus formatos más antiguos y anticuados.

Hay aquí desarrollos anexos —o principales, según se mire—. Excéntricos. Vienen y no vienen al cuento, depende de cómo se sepan leer los cuentos. Marta, en mitad de la película (y también al principio), introduce publicidad subliminal, poco a poco. Como cuando hace años íbamos al cine y en un trailer, o incluso en plena acción fílmica, aparecía una botella de Fanta con gotitas alrededor para hacer ver al incauto y desprevenido espectador cuán fresca estaba esa bebida vista y no vista. Eso lo prohibieron. Sanz ahora lo utiliza. (Eso está prohibido, Marta.)

(Qué hacer, qué no hacer.) Por otro lado, el ser humano, como animal de costumbres, es reacio a los cambios. Un amigo mío que vive en Madrid tenía dos gatos. Tuvo que venirse a trabajar durante seis meses a San Roque, Cádiz. Llevó entonces los gatos a casa de una amiga para que se los cuidara en su ausencia. Sólo el mero trayecto en coche de uno a otro piso le produjo a uno de ellos una severa urticaria. El otro estuvo varios días sin querer probar la comida. Cuando leemos una obra que nos gusta, tendemos a buscar otras equivalentes, ya sean del mismo autor, temática e incluso estilo o forma de narrar. Aventurarse con otra resulta un poco (o un mucho) desasosegante. A veces puede aparecer algo de apatía, desidia o aun mal humor. Haylos quienes incluso dejan de leer por un tiempo. La revolución no se hizo para las masas, por mucho que la imagen del Che haya crecido hasta la altura que hoy le conocemos. Los gustos literarios son tan reaccionarios como los gastronómicos. Estos últimos deberían evolucionar con el paso de los años, pero rara vez lo hacen. Sólo en mentes más arriesgadas se da la paradoja de que un compañero o una compañera dejen por embusteras a las madres al comprobar el deleite de sus hijos/as cuando se atiborran de algo que de pequeños, o tan sólo en casa, se negaban siquiera a probar.

Digamos que Marta se corrige, como hiciera Rosa (Isaac) en su novela El vano ayer, y más descaradamente en la reedición de La malamemoria. En la primera parte, vemos y sentimos por ojos y mente del detective, heterosexual retirado que presenta los hechos, los personajes, apunta las puntas de iceberg de cada una de sus historias de escalera. El detective habla continuamente con su ex, por teléfono. Le cuenta sus días, sus enamoramientos inversos, presenta un estado de la realidad mediatizado por la literatura detectivesca y sus apetitos privativos. Su ex actúa de contrapeso pragmático, pero la voz del detective permanece aquí demasiado tiempo como para que podamos medirla a ella en su verdadera altura.

(Los libros, libros son.) La narrativa contenida en lo que comúnmente se denominan best-sellers es altamente adictiva, igual que la comida rápida, las telenovelas sudamericanas o la música de los 40 principales. También la novedad entendida como moda de la mayoría, pues confiere un sentido de pertenencia a grupos sociales que, de una u otra forma, seducen y atraen. Lo que vemos como novedad o novedoso es aquello que se nos califica como tal. La novedad diaria y cotidiana, la novedad mercantilista en literatura, es tan sólo la variación de un producto convenientemente testado por el mercado y revestida del manto de lo actual y, por tanto, innovadora tan sólo en apariencia.

Luego es la voz de Paula, la exmujer del detective, quien toma la palabra y desarrolla una visión distinta de los hechos, desprovista del blablablá —y también del black, black, black— de su exmarido. Paula permite pocas veces que el sesgo de experiencias pasadas (vistas o leídas, prejuiciosas o simplemente juiciosas) nuble la vista de sus ojos, por los que vemos los hechos con una luz nueva. Otra mirada que permitirá avanzar más allá de donde la literatura y sus clichés dejaron encharcadas las habilidades y experiencia del detective.

(Leer es tu pasión.) Condicionada en la mayoría de sus actos por las decisiones del mercado, la especie humana es hoy día un conjunto de clones con un número finito de permutaciones de detalles ínfimos que crean la ilusión de identidad única en cada uno de sus miembros. Una visión patética de la realidad entrevista por Aldous Huxley ya en 1931. Nuestras experiencias literarias están gerenciadas en un contexto parecido en lo fundamental a la sociedad descrita en Brave New World. Allí el soma se ingería. Aquí, y en lo que respecta a nosotros, se lee. De vez en cuando se permite el producto subversivo con esa realidad virtual para afianzar la ilusión de libertad de elección. Pero incluso aquél ha debido superar una fase de prueba en la que una o varias de sus características definitorias han encontrado su justo molde con la seguridad de las preferencias del mercado.

Y al final, como era de esperar, el/la asesino/a era… Qué más da, puesto que Marta acierta en el clavo corrigiendo la narración, anotándola y dialogando con ella para entresacar verdades entre tanto oro falso. No esperemos conejos porque no hay chistera. Las trampas están a la vista y son explícitas hasta en el título. Una historia en la superficie, flotando; varias conformando el aceite en que la llamita de la primera arde hasta el final.

Escribimos y escribimos y hablamos y hablamos. Tecleamos o decimos blablablá y en realidad no aportamos nada. Nos preguntamos qué es esto, si es lo que parece, si se asemeja a algo que sabemos y conocemos, algo real y no inventado o adornado y por lo tanto adulterado. Si nos están dando gato por liebre, o aun si no queremos liebre y nos esconden el gato.

Es de manual, porque esto no es una pipa y esto de más arriba tampoco es una reseña. Se trata de una recomendación para que no pierdan ustedes su tiempo y su dinero. Si quieren divertirse, entretenerse y de paso revolcarse en arte en estado puro, no lo duden: lean a Marta Sanz (Sanz, Marta) y déjense de otras historias, otras escaleras.
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