29 nov. 2010

La literatura antes de Quimera 322


El número doble de la revista Quimera de Julio/Agosto de 2010 fue un gran número. Desde la portada gráfica, que ya insinúa la dialéctica bifocal que el lector encontrará en su interior, pasando por las diversas secciones, entrevistas, críticas una de ellas un aportaje sobre el interior de lo último de Óscar Gual, conclusiones sociológico-literarias..., casi todo este issue es fantástico, lo que suele ser habitual, e incluso perversamente profético: «Uno puede alcanzar cierto grado de verdad mintiendo», E. L. Doctorow, pág 13, Quimera 320/321.

Sin embargo hay una sección que chirriaría entre el conjunto si no fuera porque creo detectar cierta ironía en la presentación que hace el propio director de la revista, llamada Mayúsculas, minúsculas y Facebook para hacer notar mediante titulares la intención genérica del número: dar cuenta de un debate sobre la dicotomía alta-baja C/cultura, principalmente mediante la vía conversacional entre José Luis Pardo y Eloy Fernández Porta y de forma anexa o satelital a través de la crítica a la novela de Gual, el análisis del final de Lost o la inclusión de un experimento social-literario basado en Facebook. Como no es mi objetivo desmenuzar la revista más allá de las pinceladas expuestas, voy a centrarme en uno de los gadgets, el resultado del experimento, que el director califica como «prueba de laboratorio», es de suponer que por la inestabilidad de los compuestos obtenidos.

Este experimento nace del interés de Quimera por saber qué se cuece en realidad en la red social Facebook desde un punto de vista literario: qué «se traen entre manos los seres que la habitan». Hicieron una convocatoria y recibieron 212 relatos (como el perfume de Carolina Herrera) de los que seleccionaron cinco. De este dato cabe ya extraer la conclusión primeriza de que tal cantidad, pues la convocatoria fue hecha por una revista, no nos engañemos, minoritaria por su temática y enfoque (no es ni Lecturas ni Hola ni Muy Interesante), revela una gran actividad y, por lo tanto, entre todos esos escritos algo bueno o medianamente potable debe de haber, ¿no? Pero hete aquí que el acceso estaba restringido a autores menores de 30 años. ¡Aaaah...!, entonces la cosa varía o toma otro sesgo y de nuevo cabe concluir algo más, en principio, positivo: cuántos escritores jóvenes ansiosos de tomar algún relevo, u ocupar puestos huérfanos, hay pululando por entre los riachuelos del XHTML y del Javascript. Pero sigamos.

Compramos la revista (7 €, no olvidemos que se trata de un número doble; el sencillo vale 5 €) y comenzamos a leer. Todo bien, todo genial, como siempre; la inversión bien vale el disfrute obtenido. Y llegamos a los relatos seleccionados «vía Facebook». El primero, Mundo muerto, es el mejor escrito, pero aun así no estamos ante un buen relato. La temática es onírica. Se narra un sueño o pesadilla en segunda persona. El protagonista está ante un estrado y ofrece una charla a un auditorio incierto. Hay un fraseo de química orgánica que deviene exposición anatómica y acaba introduciéndose en la entomología. Estos insertos crudamente biológicos dan a la narración un ambiente de naturaleza muerta en el sentido literal y no pictórico, lo que la estira pero no la favorece y como metáfora, desde luego, no resulta convincente. Vemos además que cae en el error de utilizar recursos sintácticos manidos que no logran el impacto deseado y empobrecen el resultado. El lector no logra discernir el objetivo del relato, que termina siendo fallido aunque, insisto, sea el mejor de los cinco.

El segundo, Diario de niebla, es extracto de un diario con entradas cortas y anotaciones de analistas en un momento posterior al incendio de una casa. Hay un ente indeterminado que se desarrolla desde las tripas de un electrodoméstico marca Philips. Las anotaciones a las entradas son repetitivas y tediosas. El relato es gramaticalmente incorrecto, con muchos errores. La continua reiteración en las notas al pie invita a la sospecha: ¿se trata de relleno para alcanzar cierta envergadura o superar determinado número de palabras? Y el tercer relato, Tarde de supermercado, es el peor del conjunto. Una pareja que se separa debido a la apatía. Ya está. Mal escrito, con numerosas faltas de ortografía y, lo que aún es peor, dotado de una gran, enorme inanidad. Llegamos al cuarto relato: Exploradores. Narración a base de imágenes y símiles. Padre e hijo en una distopía social. Un secuestro a lo Bret Easton Ellis. Incomunicación y bestialidad. Nuevamente mal escrito, con fallos sintácticos flagrantes aunque esto debiera ser lo de menos con un buen editor detrás, alguien que lo reescribiera. Pero entonces ya no sería ese relato, sino otro totalmente distinto.

Llegamos al final. Último relato, Líquido®. La mejor idea de los cinco ofrecidos vía Facebook. Pero mal ejecutada. Fallos y más fallos, como en los otros. Así se hace muy pesado leer, aunque la temática sea original. Trata de una droga supuestamente legal que llega a los hogares de Barcelona a través de canalizaciones urbanas. Es la última moda reclamada por los adolescentes y usada o consumida también por los padres, que literalmente se enganchan a ella, con lo que se extiende a gran velocidad, tal y como en su día sucediera con Canal+ o las líneas ADSL, pues su consumo se realiza en casa y mediante suscripciones a diversas tarifas acomodadas a cada tipología familiar.

La conclusión no es buena. No se trata de una cuestión de gustos sino puramente literaria. No me gusta la literatura de, por ejemplo, Safran Foer, pero no le niego su calidad y fuerza. En estos relatos no hay tensión narrativa salvo en el primero. Son descuidados sin poder decirse que, como en el caso de, pongamos, Carver, y con estas muestras, estemos ante potenciales autores cualificados. Supongo que el tiempo hará de tamiz y nos dirá si fue posible la enmienda o no.

Bueno, ¿y qué? ¿Es tan grave encontrar mala literatura en el mercado? ¿Hay que rasgarse por ello las vestiduras y gastar tiempo en la redacción de un texto que no ayuda en absoluto a los autores —aun así no nombrados— y que además parece demeritar el criterio de los editores de Quimera? No a todas las preguntas menos a dos. A la segunda: no es grave, más bien se trata de algo habitual. A la primera parte de la tercera: no está el precio de la ropa como para ir destrozándola por tales motivos. A la segunda de esa tercera: sí, creo necesario gastar este rato por lo que digo a partir del siguiente párrafo. A la última de la última: no, creo que los editores se han visto atrapados en su propia trampa: hicieron una convocatoria, prometieron una selección y una suscripción por un año a la revista para los ganadores, recibieron los relatos y se encontraron con un resultado que han dado en denominar, claro, prueba de laboratorio; y no los han editado para así ofrecer la materia en bruto; que los lectores descubran; que sean ellos quienes opinen.

A la primera de todas las preguntas (¿y qué?).

Ser joven no es ningún pecado, ni un demérito ni tampoco una suerte. Ser joven es tener una edad indeterminada por debajo de otra también por determinar. Pero cuando es necesario objetivarla, hay que concretar una fecha límite de nacimiento. Granta dijo 1975. Quimera superó el envite y la estableció en 1980. Ahora Alpha Decay ha hecho suyo el corte quimérico y convoca a nuevos talentos para ampliar su nómina de autores. No recuerdo otra época igual. Hasta hace nada se publicaba lo que a un editor le parecía —o le hacían parecer— publicable. Una excesiva juventud hacía sospechar a los consumidores de literatura, por supuesto. Pero nadie se llamaba a engaños: joven o viejo, si la obra era buena, el mercado terminaba aceptándola; teniendo en cuenta que hay muchos nichos en ese mercado y que los niveles de aceptación se miden de forma diferente en cada uno de ellos.

Pero parece que los, así llamados, jóvenes publicables están todos casados, como los buenos partidos. El pescado está vendido y hay que navegar otros océanos para encontrar más. Amortizar la literatura que hacen aquellos autores por encima de determinada edad (en esto podríamos estar de acuerdo, siquiera para limpiar en algo las estanterías), 35, 30 años, lo mismo da, y rellenar los huecos con nuevas voces: frescas, irreverentes, arriesgadas, rompedoras... Esta especie de draft basado en la fecha de nacimiento ha llegado a la escritura cuando sin embargo ésta ha demostrado con creces no tener edades.

Con todos mis respetos, como estrategia es una equivocación, aunque consiga arrancar éxitos medianos basados en el tirón de multitudes seguidoras de una determinada figura juvenil. No me cabe duda de que conseguirá extraer algunos buenos escritores que sin entrar en el juego hubieran logrado igualmente sus propósitos (como Juan-Cantavella, Carrión, Otero, Gual, Caracciolo, Gutiérrez..., por nombrar a jóvenes actuales según los actuales cánones temporales). Pero se hallarán montones de mediocridad, al limitarse absurdamente las posibilidades de elección. Y sobre todo porque, aunque lo que voy a decir sea un tópico, a menor edad, menores experiencias lectoras (criterio) y vitales (materia), menores autocrítica y técnica, menor personalidad, etc. Lo que, si se ceja en el empeño, devuelve, por regla general, mediocridad temprana y acaba quemando a esos autores y, por supuesto, a los lectores.

¿Y entonces?

Ahora escribe mucha gente, y bastante menos lee. Paradójicamente, muchos de esos que escriben leen poco o casi nada, e incluso de entre quienes sí leen se nota que un elevado porcentaje lo hacen mal, quizá porque el objetivo que persigan con esas lecturas difiera de los comúnmente buscados entre las páginas de un libro. La perversión del mercado editorial se ha infiltrado entre los autores, jóvenes o no, que hacen de su capa un sayo y se prestan a todo tipo de manipulaciones basadas en motivos espurios que pivotan sobre meros intereses comerciales. El objetivo ya no es la literatura per se, ahora se trata de publicar a toda costa y se acepta cualquier taxonomía disparatada que facilite el camino hacia el ISBN propio. Ya lo dije hace unos meses: tu nombre en el lomo de un libro, la hostia.

Frente a semejante falta de criterio, no se me ocurre otra que ser explícito. Pues aunque, como digo al principio, detecto ironía en la forma en que Quimera presenta el resultado del experimento, diversos comentarios y acciones editoriales posteriores revelan que o los lectores no se han percatado del tono, o quizá esté yo equivocado en mi interpretación de las verdaderas intenciones.

Como señalé en la primera parte de este aportaje (ver El Dorado), la Verdad no es Una y ni siquiera Trina, sino variada e incluso nula. Es decir, no existe y sólo nos ha sido dada la duda, para jugar con ella e ir extrayendo conclusiones por iteración, quizá nunca exactas pero algunas veces aproximadas. Esa duda es El Dorado. No hace falta seguir buscando.

Anexo: Relato (mínimo) sobre la vida en Animal Crossing.

Tengo 28 años y soy madre de dos hijos, niña y niño. Los llevo al colegio. Voy al trabajo. Los recojo. Hago la compra y la comida. Limpio la casa. Les ayudo a hacer los deberes. Los baño y después de acostarlos miro el jardín. Al día siguiente decido plantar árboles. Para que me den sombra.

Anónimo (10 años).

25 nov. 2010

El Dorado


Voy a hablar de esta novela de Robert Juan-Cantavella como parte de una estrategia personal de respuesta que sólo pondré en práctica esta vez y otra más, seguida o próximamente. Respuesta a quién... Baste decir que a gente que dice que yo digo algunas cosas sin aparente base o fundamento, por capricho o no saben si con mala idea o para, simplemente, hacerme notar tocándoles las narices o los huevos a los demás. Cosas malas. En mis boca o dedos. Y que por ello no hay que hacerme demasiado caso. A ellos sí hay o habría que hacérselo, claro. Como diría Javier Calvo, Tócate los cojones.

Veamos, tías y tíos (en adelante gente). No sé si os habéis dado cuenta de que la Verdad es una utopía inalcanzable cuyo estudio y análisis nos ha ofrecido páginas gloriosas de pajas mentales y hasta Licenciaturas Universitarias con Programas de Doctorado y Cátedras fantásticamente remuneradas. Por no hablar de guerras y sus muertos. Y si alguien la descubriera y, en lugar de atesorarla y ocultársela al común de sus iguales, decidiera ofrecerla, ya fuera previo pago o bajo licencia Creative Commons, nos daríamos de bruces ante un panorama distópico a tal nivel que desearíamos estar muertos. Porque la Verdad no existe, gente. Si Mulder y Scully iban a buscarla en la puta calle (recordad: “La verdad está ahí afuera”) y sólo encontraban fantasías y cienciaficciones en cada capítulo, ¿cómo vais a pretender que cualquiera de vosotros —sí, cualquiera, incluidos Carmen de Mairena y el Papa de Roma— ni yo detentemos siquiera una mínima porción? Porque en realidad no tenemos ni zorra idea y por lo tanto todo, hasta el aspecto de las pipas, es falso o cuando menos opinable. Todo está tan oscuro y a la vez tan iluminado que sólo en los tenebrosos bordes del claroscuro podríamos quizá esnifar un poco de ese tan ansiado Polvo de la Verdad.

Y eso es lo que hace Escargot.

¿Quién es Escargot?

Escargot, además de significar caracol en catalá, es el personaje protagonista de un relato titulado Badajoz de Robert Juan-Cantavella y de su novela El Dorado, publicada a finales de 2008 por Mondadori. También es el alter ego de Robert. Y durante este artículo y el que próximo o el de después me lo cojo prestado para que sea el mío, mi otro yo.

Hola, me llamo Trevor Escargot y...

escribo aportajes, que no son reportajes. «En el aportaje no existe el pacto de veracidad que rige los designios del reportaje periodístico. Establecido entre el periodista y el lector, semejante horterada compromete al primero con la veracidad de la información ofrecida al segundo, de tal forma que si se respeta la etiqueta y el periodista actúa con recato y diligencia, antes siquiera de leer el texto el lector ya sabrá que lo que se le va a contar es cierto […] En el aportaje en cambio […] el lector no tiene la seguridad de que todo lo que va a leer sea cierto. Esto no quiere decir que todo lo que vaya a leer sea mentira. De hecho, en un sentido profundo significa lo contrario. Lo que cambia es la actitud, y la actitud del lector que se enfrenta a un aportaje no está basada en la confianza, como sucede con el reportaje, sino en la sospecha [...]», págs 187-188 de El Dorado.

Teoría y práctica de esta excelente y —¡por fin!— sincera forma de enfocar el periodismo se encuentran en las 350 páginas de El Dorado. No me vayáis a contar que os creéis lo que dicen los periódicos, la radio y la televisión. Porque todo es mentira, tout est faux, que queda mejor. Desde el momento en que un conjunto pensante construido a base de pellejo, carne y huesos decide, no ya escribir, sino tan sólo mirar para informarse de lo que está sucediendo con la intención de contárselo a los demás, su cabeza periodística está deformando los hechos, adhiriendo cosecha propia, falseándolos, fantaseando, predisponiéndose a contar mentiras, tralará, llamadlo como más os guste. No digamos ya la contaminación informativa que añade la actitud de performance de los observados cuando saben que lo son. Y para colmo y resumiendo estaría también el problema de las palabras, esas putas, como dijo Octavio Paz y más o menos diera a entender también Foucault..., lo de putas.

Robert Juan-Cantavella, uno de los 22 mejores jóvenes narradores en español por derecho propio y al margen de listas de dudosa reputación, cuenta en El Dorado lo que ya sabemos sobre un par de asuntos, principales en la trama, y unos cuantos secundarios pero no por ello menos importantes. Los primeros son, por un lado, el bodrio Marina d'Or y, por otro, los happenings papales. (No sé por qué inclino las palabrejas extranjeras mediante el uso de cursivas o itálicas, si la RAE me la trae al pairo y voy a seguir acentuando los solos cuando exista riesgo de anfibología y escribiendo unos bastante más chulos quórum original y guión acentuado en la O...) Podrían haber sido otros asuntos cualquiera, con tal de que reflejaran igual de bien el grado de estupidez decimonónica, por flaubertiana, a que es sometida el populacho. Pero mejor así, pues doblemente actual y oportuno se presenta este aportaje, ya que los efectos de la confianza enloquecida en las toneladas de cemento barato arrojadas sobre el suelo patrio en la pasada década, más el garbeo que el antiguo afiliado a las Juventudes Hitlerianas Herr Ratzinger acaba de darse por Barcelona mantienen en primera plana económica y ecuménica el fondo de ambos asuntos. Lo que me lleva a contaros que...

...yo también estuve en Marina d'Or...

cuando trabajé para el Ayuntamiento de Oropesa del Mar. Solía coger un avión que salía de Málaga hacia Madrid (AGP-MAD) a las 06:30 y otro a las 08:00 desde MAD a VLC. En Manises me daban las llaves de un coche barato alquilado y me iba zumbando por la AP7 hasta Oropesa. Llegaba muerto y, como lo sabían o imaginaban quienes me esperaban, me llevaban en volandas a desayunar en el Hogar del Jubilado.

El Ayuntamiento era rico. Los cafres de Marina d'Or acostumbraban a pagar sus gigantescos impuestos municipales a tiempo y al contado, lo que convertía mi trabajo en mera estética o agua de borrajas. Nunca me quejé, claro. El Alcalde era majo. También la interventora y la tesorera, quienes un día de invierno con mucho sol me llevaron a conocer Marina d'Or. Conduje el barato coche alquilado por avenidas y calles tan vacías que tuve la sensación de estar en un Far West del futuro presente. No me enteré de nada porque tenía hambre y entonces dimos la vuelta pues sólo había una pizzería abierta en la zona más canalla, adonde fuimos. El dueño me recordó al de otro bar en El Álamo, Madrid, donde comí durante los días que estuve haciéndole apaños económicos al Ayuntamiento de tan famoso village. El bar se llamaba La sardina y el dueño me contó que le había visto las tetas a Loreto Valverde. Ese año el pregón de las fiestas locales lo ofreció previo estipendio municipal la fundadora de las Sex Bomb, Sonia Monroy. La última vez que fui por aquellas tierras desoladas, un periodista amigo que decía haber estado liado con Ana Rosa Quintana me invitó a comer en un asador gigantesco donde se reunían a ponerse morados de carnes rojas los promotores urbanísticos del lugar y el personal del Séptimo de Caballería, desaparecido programa de televisión presentado por Miguel Bosé. Y poco después...

vino el Papa a Valencia...

mientras yo estaba de visita profesional y postrera en San Roque, Cádiz. El Marina d'Or de allí se llama Sotogrande y los campos de fútbol de cada una de las once barriadas del pueblo tienen césped natural. También hay una refinería de CEPSA y un peñón gigantesco que sirve para comprar tabaco y whisky de contrabando. En la época en que Letizia Ortiz Rocasolano consintió en cargar para todos los días de su vida con el benjamín de los Borbones, yo solía comer en el bar El Depor, ilustre institución culinaria sanroqueña donde se daban cita la flor y nata de la delincuencia urbanística profesional mundial, hoy venida a menos o a nada pero que por aquel entonces disfrutaba de practicar la estafa legalmente consentida de cuyos pingües beneficios una estrechez de miras congénita me impidió aprovecharme.


El pueblo era aburrido y el trabajo muy tonto, así que me dedicaba casi full-time a leer. Vicio que mantengo desde los ocho años y que determinados momentos vitales —y rachas de suerte fanáticamente perseguida y algunas veces encontrada— no han hecho sino exacerbar hasta la náusea. Lo que considero, dentro de la tónica de este aportaje, pero también de la de la mayoría de textos que han salido, salen y saldrán de mis dedos, que me faculta y autoriza bastante más que a otra gente académica y periodísticamente investida para decir que...

...Robert Juan-Cantavella es uno de los mejores narradores...

...en español, le pese a quien le pese. Aspecto este de Robert ganado por sí mismo y no como demérito de la obra del resto de escritores no incluidos en la por mí pergeñada lista alternativa a la de Granta. No al menos de la de todos. Granta hace una porra particular y la publica y pide 15 euros por ella. Yo hago otra y la ofrezco en plan Creative Commons. Si se quiere ahondar más en las razones de una u otro, hay que seguir investigando. Sospecho que La Verdad, además de ser periódico murciano, podría estar formada por una lista de las mejores páginas pensadas y/o escritas por una miscelánea de escritores —muchos de los cuales ni siquiera saben que lo son— de todas las edades y filias. Gente que a su vez escribe sus verdades, la que ellos consideran Verdad, tamizada por experiencias propias, sesgos ideológicos, traumas infantiles, admitamos que de vez en cuando algunas dioptrías no corregidas e incluso diversas y divertidas drogas de diseño. Verdad, por todo ello, subjetiva y por consiguiente La Mejor, pues ¿hay otra que no sea tal? En temas literarios, además, antes que ponerse trágicos vale más pasar a la acción, que es opinión y por lo tanto comedia. ¿O es que ya nadie se acuerda de Bernhard, Thomas? Quizá les enfants terribles sean especie en extinción porque la vanguardia, harta de sodomías, está cerrando filas con la ortodoxia académica ramplona con tal de salir de la miseria. O quizá no: más fácil lo ponen para ser terrible de Verdad...

...y contar la conclusión en otro capítulo, aunque...

...antes de terminar debo decir que he tomado la novela de Robert Juan-Cantavella El Dorado como excusa para escribir este aportaje, además de por las obvias razones expuestas, porque leí una crítica negativa de ella que se basaba en una supuesta falta de ritmo narrativo y otra aun peor que se dedicaba a destripar la trama y ridiculizarla arguyendo que, en definitiva, ahí no se narraba nada. Leyendo esas críticas uno tiene la sensación de que quienes las escribieron no leyeron la novela, como probablemente fue, sino que hicieron zapping dentro de la misma como cuando en el Instituto nos encargaban un trabajo sobre un Kant en aquel entonces incomprensible por aburrido. Afortunadamente no es éste el caso: ni Juan-Cantavella es Kant-avella ni El Dorado es la Crítica de la razón pura sino más bien una Crónica de la sinrazón puta. Una sinrazón que él prefiere ir desmenuzando a lo gonzo y simulando estar hasta arriba de estimulantes para procurar que, al menos entre sus páginas, suceda algo más divertido que en los lodos de mediocridad de facto en que nos movemos. Escargot está hasta las cejas de speed, sí, y quienes lo leen como quienes no, ciegos de falsedad. Ciegos de esos que no quieren ver ni oír sino mentiras. Porque son más cómodas de creer. Más difícil es pensar y caer en la duda. Esa duda chunga. Esa duda que según el refrán ofende. Esa duda que tanto jode porque ella es, ni más ni menos, ese Dorado siempre perseguido y nunca alcanzado... Tócate los cojones.

23 nov. 2010

Contraluz


[Título español de la última novela de Thomas Ruggles Pynchon traducida con honores al castellano por Mr. Vicente Campos y editada por Tusquets en mayo del año del Señor 2010, cinco y pico después de su salida al mercado anglosajón el 21 de noviembre de 2006 con el título Against the day.]

Let's get cynical

No he leído casi ninguna crítica sobre esta novela de Thomas Pynchon, aunque sí un manojo escuálido de reseñas y balbuceos. No he leído críticas porque no las hay, son tan raras como una fotografía del autor. No hay críticas porque los críticos no se han leído el libro. No se han leído el libro porque han perdido la costumbre de leer. Han perdido la costumbre de leer porque, como se dice por ahí, ahora se estila más el solapismo ilustrado, que yo corrijo o aumento y llamo lectura caótica o de las cien primeras páginas o al azar —lecturas de todo a cien o random readings. Tampoco he leído reseñas de críticos porque críticos ya no hay, y en las revistas literarias lo que encuentro son chistes disfrazados de recensiones, cáscaras de crítica y crítica de las cáscaras. Proliferan los fisioterapeutas no ejercientes que hablan sobre libros, los teólogos marianistas que escriben noticias sobre libros, los agrimensores y los bodegueros que pontifican sobre libros, todos los anteriores traficando impresiones subjetivas y desnortadas sobre libros, algunos bloggers dando la lata con libros. Muchos libros y poca lectura. Pocas verdaderas palabras y sólo uno o dos filólogos que hacen su trabajo y luego callan, por vergüenza ajena.

Por ejemplo: decir una y otra vez que tiene más de 1.300 páginas y que su lectura está reservada para los cultores del autor, un cuarto de reseña. Teclear la palabra entropía y delinear un par de pensamientos baratos a su alrededor, otro ¼. Resumir las únicas 100 páginas leídas con los nombres de las ciudades donde se desarrollan los acontecimientos y los de un grupito de personajes, ¾. (Venga, que ya queda menos...) Uno o dos párrafos más con anécdotas históricas, científicas y un palmetazo en la espalda al traductor, las últimas gotas de una polución indigna y a dormir. Mañana habrá que lavar las sábanas.

No os creáis nada de lo que se escriba sobre sus obras porque todo es mentira, mero producto del afán de protagonismo de quienes se erigen en apóstoles suyos. Para hablar de Pynchon antes hay que haberlo leído, con tranquilidad y sin el acoso absurdo de una torre de otros libros esperando a ser comentados. La lectura de Pynchon es ya una actividad en sí misma, un trabajo cuya remuneración es su conocimiento. Y los, así llamados, críticos se comportan con esta y otras altas literaturas como los bebedores en los pubs londinenses, hace tiempo, cuando el tañer de una campana anunciaba la última ronda: los London Drinkers se aglomeraban en la barra para pedir la última pinta y tragársela rápidamente, sin ganas y aun con menos gracia, con el único afán de amortizar la noche, la salida, el estar ahí consumiendo bebidas alcohólicas de tal hora a tal otra, rodeados de borrachos semejantes —de semejantes borrachos—, al calor de su compañía, afuera el frío de la calle y la incomprensión de quienes, en sus casas, se disponen a acostarse. Por lo que esos críticos, esos reseñistas, esos comentaristas, parece que han puesto el libro a Contraluz —¿entendéis el chiste, eh?, ¿lo entendéis?— y sólo han percibido la luminosidad sucia que nimba su margen externo, un halo de desperdicios aprovechable para sus propósitos de ponerlos por escrito, porque quién se atreve a leer de verdad a este Grande, eh, quién se atreve.

Hiperlocaciones

No voy a hablar del espato de Islandia porque este mineral tan sólo constituye en Contraluz el transporte utilizado para arrancar las múltiples derivas narrativas que se ofrecen en la novela. Solamente diré que el fenómeno de la doble refracción que favorece la calcita devuelve dos rayos, uno ordinario y otro extraordinario, a estas alturas esto debería saberlo todo el mundo. En la novela, la historia ordinaria de una venganza por la muerte de un padre anarquista a manos de unos asesinos pagados por capitalistas; la extraordinaria de sus hijos, refractados a velocidad y ángulos variables, vale decir con diferentes vectores, por diferentes partes del Globo, lugares cool en la época en que la historia está ambientada.

Veo en la novela, más que en sus precedentes, una estructura, además de refractaria, hiperenlazada. Como en las entradas informativas de determinadas webs en las que un link con la leyenda Leer más invita a continuar la lectura en una dimensión diferente por desconocida. A Pynchon le gusta abrir ventanas dejando las precedentes abiertas. Pynchon es el maestro del zapping. Consume mandos a distancia como otros galletas Oreo a punto de caducar. Leer Contraluz también es como sentarse ante una consola repleta de pantallas en la que todo está sucediendo a la vez. Ejecuta varias partituras simultáneamente. Ofrece varios libros en uno. Sé que fue Pynchon quien verdaderamente inventó el pague uno pero llévese más, y los hipermercados plagiaron su idea.

También quiero decir: frótate las manos cuando aparezca un nuevo nombre en una página, pues posiblemente se repita más adelante en un aparentemente cerrado ecosistema narrativo donde, cual medio único y definitivo y amniótico, parezca ya imposible refractar de nuevo la historia hacia otros personajes, lugares o derroteros. Dijo Nabokov que se reconoce a los mejores lectores porque son capaces de anticiparse a lo que vaya a decir a continuación el autor. Pero con Pynchon, que fue alumno suyo, esos lectores experimentados se enfrentarán a la horma de su zapato, pues nunca tendrán ni idea de hacia dónde dirigirá aquél sus palabras en cada momento.

AC/DC War

A Pynchon, en sus recorridos largos, le gusta comenzar con eventos que den juego pero que no hayan tenido un lugar preponderante en la Historia popular. Dicho de otra manera, aúpa hacia la avenida principal de sus narraciones acontecimientos que no cabe sino considerar apócrifos dada la falta de consignación extensa de los mismos en la Historia comúnmente digerida/aceptada. La secular, reimprimida cientos de miles de veces en libros de texto, enciclopedias y best-sellers, la despacha con menciones a veces de un solo párrafo y otras de un trozo de frase, para que no estorbe ni enturbie lo que verdaderamente interesa: esa electricidad semioculta pero que aún irradia energía, y que pocos escritores han arriesgado en conectar a sus novelas. Como es lógico, me refiero a buenas novelas.

Es el caso en Contraluz: la Feria Mundial de Chicago de 1893, en la que Nikola Tesla resultó efímero vencedor en la guerra científico-empresarial por hacerse con el control del mercado eléctrico. Tesla y Edison aparecen en la novela, el primero con un papel secundario aunque indudablemente activo e influyente en la atmósfera tecnológica bizarra en que se cuece la narración.

Contraluz es también electricidad narrativa. Un mazo de cables pelados y desperdigados a través de sus páginas van repartiendo electrones aquí y allá para que personajes que en realidad son átomos se atraigan entre sí. Macho y macho, hembra y hembra. Machohembra, claro. Dos machos y una hembra en dos ocasiones —deux ménages à trois— y en dos continentes distintos. Toda la tabla periódica aparece retratada en la novela.

Principio de incertidumbre y narrativa cuántica

Aunque Contraluz no sea una novela matemática, sí recoge aglomeraciones humanas con tales fines, conversaciones acerca de y alguna disquisición breve sobre numerología. Por simple diversión, probad a hacer la raíz cuadrada de menos uno (-1). Luego pintad los recorridos de los personajes sobre un mapamundi apolítico desprovisto de accidentes naturales. Inferid entonces una función que sea capaz de representar cada una de las curvas bezier que, como segmentos de la totalidad, reflejan dichos itinerarios. Las áreas encerradas entre la suma de dichas derrotas podréis hallarlas mediante simple cálculo integral. Cuando tengáis los dibujos, hacédmelos llegar para contrastarlos con el mío.

Por decirlo de otra manera, los no iniciados se sorprenderán de la indeterminación direccional de la narrativa de Pynchon. ¿Adónde va este tío? es una pregunta habitual que no hay que temer hacerse. Este tipo de narrativa puede denominarse, sin rubor alguno, cuántica: porque los conceptos de narrativa clásicos no pueden utilizarse para explicar su funcionamiento. Cada partícula o fragmento se comportan de manera autónoma, y su trayectoria parece no estar definida de antemano como en la física de Newton o en la novelería de manual. Sin embargo la energía se conserva, nunca se pierde. Es más: la energía se multiplica.

Anarcocorridos

Contraluz trata de la anarquía. En sentido metafórico y explícito. ¿Quién decía que las novelas de Pynchon versan sobre la nada? Todas tienen un hilo conductor. En este caso es la electricidad pero no la entropía ni la guerra. Tampoco la fantasía ni los inventos ni la especulación sociológica. Se trata de algo más prosaico y estúpido y que precisamente por ser tan prosaico y tan estúpido domina las vidas de unos cuantos miles de millones de personas incluidos todos nosotros.

Anarquía contra el capital, está de más decirlo. Hay un par de párrafos cerca del final en los que el malo de la novela, Scarsdale Vibe, millonario malvadísimo, dice:

«Claro que los utilizamos [...], los enjaezamos y los sodomizamos, fotografiamos su degradación, los mandamos arriba, a las vías, y abajo, a minas, alcantarillas y mataderos, los ponemos debajo de cargas inhumanas, cosechamos su músculo, su vista y su salud, dándoles como muestra de nuestra generosidad unos años miserables de espigueo. Claro que lo hacemos. ¿Por qué no? Sirven para poco más. ¿Qué probabilidad hay de que lleguen a la madurez, de que se eduquen, de que engendren familias, de que mejoren la cultura o la raza? Nosotros tomamos lo que podemos mientras podemos. Miradlos, llevan la marca de su destino absurdo a la vista. La estúpida música del juego de las sillas está a punto de detenerse, y serán ellos los sorprendidos, torpemente, la mayoría carentes de oído musical y ni siquiera remotamente conscientes de lo que pasa, y muy pocos, si alguno, con la sensatez de abandonar la partida a tiempo y buscar refugio antes de que sea demasiado tarde. Porque puede que entonces ya no haya refugio.
»Lo acapararemos todo —añadió haciendo el esperado gesto con el brazo—, este país entero. El dinero habla, la tierra escucha, allá donde se agazape el anarquista, donde cabalgue el cuatrero, nosotros, pescadores de americanos, lanzaremos nuestras redes de malla perfecta de diez acres, nivelada y a prueba de gusanos, preparada para construir sobre ella. Allá donde indeseables y patanes desconocidos se arrastren tras sus miserables sueños comunistas, los buenos ciudadanos de las praderas llegarán como redes desbordantes a estas colinas, limpios, laboriosos, cristianos, mientras nosotros, mirándolos en sus pequeños bungalows de vacaciones, moraremos en los palacios suntuosos que corresponden a nuestro rango, cuya construcción pagará el dinero de sus hipotecas. Cuando las cicatrices de estas batallas se hayan borrado hace mucho, y las escorias estén cubiertas de matojos de hierba y flores silvestres y la llegada de las nieves ya no sea la maldición anual sino una promesa, esperada ansiosamente por la afluencia de aficionados acaudalados a las diversiones invernales, cuando los ramales brillantes del teleférico hayan sometido todas las laderas, y todo sea fiesta y deporte saludable y ganado eugenésicamente seleccionado, ¿quién quedará ya para recordar a la farfullante basura del Sindicato, a los cadáveres congelados cuyos nombres, falsos en cualquier caso, se habrán desvanecido para siempre?, ¿a quién le importará que en el pasado unos hombres lucharan como si una jornada de ocho horas, unas cuantas monedas más al final de la semana, lo fueran todo, merecieran soportar el viento implacable bajo el tejado desvencijado, las lágrimas helándose en el rostro de una mujer desgastado prematuramente hasta el estupor, el llanto de niños cuyos buches nunca fueron satisfechos, cuyo futuro, el de aquellos que sobrevivieron, se redujo siempre a trabajar hasta reventar para nosotros, servirnos, alimentarnos y criarnos, recorrer las vallas remotas de nuestras fincas, hacer guardia entre nosotros y aquellos que pudieran entrometerse o cuestionarnos? [...]. El Anarquismo pasará, su raza degenerará hasta el silencio, pero el dinero engendrará dinero, crecerá como las campánulas azules en el prado, se extenderá, brillará y tomará fuerza y postrará a todo ante él. Es sencillo. Es inevitable. Ya ha empezado

Parrafada alucinante y demostrativa de que la afición de Pynchon a insertar canciones en sus novelas no se limita a lo puramente anecdótico o estético, sino que también persigue intenciones políticas. La muerte a manos del anarquista en Sarajevo resulta errada, por la identidad de sus víctimas, si se es capaz de advertir cuáles son los beneficiarios de este tipo de desviaciones de atención. ¿Quién o quiénes son los verdaderos enemigos? ¿La sangre y las líneas sobre un mapa o el dinero, global y sin fronteras?

Mind the gap

Contraluz es un festival de intertextos literarios y no literarios. Basta consultar la wiki construida por sus fans anglosajones para descubrir la magnitud de cita que se permite este escritor para el que todo está permitido. Me pararé sólo en un ejemplo, reflexivo, además.

Pig Bodine es un viejo personaje pynchoniano. Aparece por primera vez en Slow Learner, su libro de relatos de juventud, y está presente en V., El arcoiris de gravedad y Mason y Dixon. Siempre hace de marinero. La palabra Pig, además de un famoso y profético acrónimo de la tríada Portugal-Irlanda-Grecia —aunque en origen era plural y, por ello, también incluía a España (Spain); es decir: tiempo al tiempo—, significa Cerdo. Bodine se comporta habitualmente como tal. Y reaparece en Contraluz como O.I.C. Bodine, sin el Pig delante.

En la Thomas Pynchon Wiki dicen de esta rentrée: “Fogonero americano a bordo del Stupendica. O.I.C. es la abreviatura en la Marina estadounidense de Officer in Charge (Oficial al Cargo). Si no se abrevia el in en las iniciales, se convierte en O.in.C., pronunciado ¡Oink! Y si las iniciales son deletreadas se convierten en Oh, I see (ou-ai-si). Probablemente Pynchon sabía que sus viejos fans buscarían a Bodine en su nueva novela, y estas iniciales anticiparían sus reacciones al encontrar a su personaje favorito: Oh, I see Bodine! (¡Oh, ya veo a Bodine!)”. (Como puede apreciarse, sus jugarretas desbordan una imaginación que se echa de menos en otros ámbitos vitales.)

Pero lo que no se detecta es el paralelismo entre este fogonero, viajando desde América a Europa, y el fogonero original y kafkiano. Efectivamente, el protagonista del relato escrito por Kafka (llamado El fogonero por él en su primera publicación, más tarde y algo más relleno América por Brod y después, y definitivamente inconcluso, El desaparecido) en las mismas fechas en que Bodine hacía el viaje inverso es otro intertexto más, otra broma más, media gamberrada genial de un Pynchon que deshace el flujo de la historia para restituirla a un origen algo más movido que el de su predecesor.

Consumismo pynchoniano

En Contraluz como en sus anteriores novelas la narrativa es hiper. HiperThomas, HiperRuggles, HiperPynchon. Lo excesivo como medida de lo imposible y lo inabarcable. Su narrativa se trasforma en un fantástico expositor donde todo está representado. Una Feria Mundial de los Acontecimientos Consumibles.

El escritor es también una máquina perfecta del tipo input-output. Lee y asimila y es su escritura la que, al desarrollar sobre el papel lo previamente ingerido, otorga un valor añadido imposible de encontrar en el resto de sus coetáneos.

Narrativa barata de comprar, por obra y gracia de Tusquets, pero cara de leer. Una ruina editorial. Editar a Pynchon o escribir sobre él es en la actualidad una de las tareas literarias menos gratificantes desde un punto de vista económico. Porque a Pynchon no lo lee casi nadie. Porque mucho menos va a leerse lo que sobre Pynchon tenga que decir quien sea que se atreva a decir algo sobre él o cualquiera de sus obras. Pynchon no interesa por incomprensión en diversas acepciones de la palabra. Pynchon no interesa porque es un malnacido capaz de sacar los colores tanto a los demás escritores como a los lectores. Por todo ello es fácil atacarlo. Más aún ningunearlo. Lo que nos da, inversamente, la medida perfecta de su verdadera capacidad. A ver quién es capaz de hacer lo mismo.

19 nov. 2010

Entrevista a Juan Francisco Ferré en Revista de Letras


Dice el director de la revista: "Hace justo un año, Juan Francisco Ferré fue proclamado finalista del Premio Herralde de Novela por “Providence”, obra de la que, a día de hoy, se sigue escribiendo, algo inusual en tiempos en que los libros salen ya caducados. En este interrogatorio de José Luis Amores, Ferré se desata de nuevo para acercarnos a su mundo".

Podéis leerla aquí: Enlace a la entrevista en RdL

16 nov. 2010

Granta Selection


Toda selección implica un descarte. Si aquélla es natural, éste, si no justo, al menos será merecido. No podrá echarse mano del recurso de arbitrariedad para calificar de errónea la decisión de la naturaleza. Aun en temas humanos la simple fuerza obliga a que la balanza se incline del lado de quienes la detentan, debiendo perecer los débiles o ponerse al servicio de quienes vencieron. Quizá por eso tendemos continuamente a la agrupación, pues además de para vencer la soledad soñamos con derribar al poder y colocarnos en su lugar. La historia demuestra que la unión hace posible lo que cada uno por su lado no podría siquiera acariciar si no es a base de genio o ingenio. Es decir: para conseguir tus objetivos solo o sola, o te adoran o adoras. Si no eres adorable y odias arrastrarte, entonces no te queda otra: únete a otros como tú. Pero piensa bien con quiénes, pues tu mediocridad puede salir reforzada por la imagen del grupo, sí, aunque también demediada, si eres de los que en realidad no necesitaban de esa ayuda extra, la de ser grey cuando podrías haber seguido siendo una, uno. Solo, sola.

A este respecto he leído quejas, también las he olido, sobre por qué un determinado escritor o escritora, nacido después de 1975 o en dicho año, no estaba en la antología de magazine que Granta publicó el pasado mes de septiembre. Como últimamente leo mucho a escritores de estas edades, también he caído en el error de plantearme dicha pregunta con ciertos nombres. Por ejemplo Jordi Carrión o Robert Juan-Cantavella, harto conocidos en nuestro panorama literario o Literama. Y ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dudar de la arbitrariedad del corte por edades, cuyas razones dan los propios editores de la revista aunque uno puede atisbar alguna complementaria que se expone más adelante. Tanto si son humanas como si no, las cosas son como son y sólo cabe intentar calificarlas y extraerles algunas enseñanzas:

Primera enseñanza. Si la selección realizada por los editores de la revista Granta es verdaderamente representativa de Los Mejores Narradores Jóvenes en Español —exportable, además, a todo un mercado como el anglosajón—, ya estamos tardando en darnos de baja, siquiera parcialmente, de la Joven Literatura en Español. Ahorraremos euros. Ahorraremos horas de lectura. Los/las ganaremos para leer estadounidenses, algunos franceses, algunos Viejos Narradores en Español, algunos británicos, algunos Jóvenes Narradores en Español (algunos de los de Granta, algunos de los que no).

Segunda enseñanza. El índice de la revista ocupa dos columnas en página y un cuarto. La primera columna de la primera página es prescindible (darse de baja), la segunda de esa primera mucho menos (ahora lo amplío), el cuarto de página anexo es salvable pero un buen puñado de grados por debajo de la segunda de la primera. No sé si me explico.

Tercera enseñanza. Los Salvables salvo que se indique Imprescindible con una (I) al lado del autor/a son los que siguen. El primero es Barba, Andrés Barba, pero a éste ya lo conocemos y sabemos de lo que es capaz. Esta vez nos ofrece a una puta venida a menos a la que se le ocurre operarse para ponerse un cuerno en la frente. Bienvenidos al circo como el mejor espectáculo del mundo. Paola Caracciolo (a.k.a. Pola Oloixarac) muestra su perfil rupturista en esta narración de corte peri-revolucionario. Si te gustaron Las teorías salvajes, te gustará Condiciones para la revolución, pues la productora es la misma, incluso Mara es Mara y ahora tiene madre y un aspirante a padrastro algo cutre al que al final se le da el oportuno boleto. Ni idea de quién era Federico Falco (vaya gafas, yo quiero unas) hasta leer En Utah también hay montañas. Este tipo tiene madera y, según dicen, vive en un puñado de sitios. El cuento va de argentinita con mormones, uno guapo y otro feo, ambos con el mismo desodorante Axe verde. Pablo Gutiérrez (I) ha tenido la oportunidad, habilidad y buena estrella de meter un relato sobre un ¡jugador de baloncesto! Fantástico y genial. Qué tío. Hay que perseguirle. Queremos más Gutiérrez. Qué haces ahí en medio, Pablo: tenías que estar al principio, o en todo caso fuera porque te sales. A Matías Néspolo le he estado dando vueltas, no a él, a su relato. Estira demasiado algunas ideas y con ello les resta gas. Así y todo léanlo, creo que no me equivoco. Bueno: Antonio Ortuño (I), a quien no conocía de nada, me ha sorprendido. Su relato, que todavía podría ser mejor si le diera otra vuelta de tuerca, es pata negra. De gran creatividad dentro de una atmósfera asfixiante y arriesgada. Andrés Felipe Solano corta y pega un trozo de su próxima novela, que va de dos hermanos que se llaman Hermanos Cuervo. Dos tíos raros de mayores, ídem de pequeños. Ingenioso, un poco a lo Eugenides.

Cuarta enseñanza. Una campana de Gauss es aquella que tiene forma de joroba. Los puntos relevantes están arriba del eje de ordenadas, en la meseta. Y a los lados la calidad va ascendiendo o decreciendo. El símil no me sirve en esta ocasión porque el dibujo no sería simétricamente puro. Además de que mi propia subjetividad añadiría picos y oquedades a la función que cabría inferir del índice u orden de aparición de Los Mejores Jóvenes Narradores en Español Seleccionados por la Revista Granta. Digo esto, entre otras cosas, porque de la segunda página del índice sólo salvaría a Elvira Navarro y a Patricio Pron, pero NO por el par de residuos que han decidido enviar a Granta para su inclusión. Los salvaría porque ya sabemos quiénes son, cómo escriben, cuál es su trabajo. Atendiendo a lo que han enviado, habría que utilizar las palabras correcto y suficiente pero NO a la altura de lo que se supone deben escribir Los Mejores Jóvenes Narradores en Español.

Quinta enseñanza. Pero, claro, esos Mejores Jóvenes Narradores en Español han sido seleccionados por la revista Granta, no por la Naturaleza (el también imperfecto Mercado) o una mezcla de ésta y un jurado compuesto por... ¿quiénes, eh? ¿Quiénes lo hubieran hecho mejor? ¿Críticos? ¿Críticos + bloggers? ¿Críticos + bloggers + lectores? ¿No son cada uno de los factores, en este caso, los mismos? ¿Hay lectores que lean Granta? ¿Hay críticos que no sean bloggers? ¿Son todos los bloggers críticos? ¿Son lectores los críticos o bloggers, o sólo leen trozos, a trozos, unas pocas páginas?

Sexta enseñanza. Me hago estas preguntas porque la Naturaleza entendida como esta suma de factores críticos dista mucho de ser perfecta. Dista de Ser. Esa Naturaleza como Mercado hubiera hecho más de lo mismo: seleccionar imperfectamente. Errar. Cabrear a los no incluidos. Enfadar a los lectores (a ellos mismos). Este texto en sí cabrea porque mi subjetividad hace selección de la selección y añade elementos excéntricos a sí misma. Fabrico mi propia lista de reproducción con los que, a mi juicio, deben estar en ella. Dejo afuera otros cuya voz no es, nuevamente a mi juicio, representativa de Lo Mejor.

Séptima enseñanza. Pero aquello que no está en Lo Mejor no tiene por qué ser necesariamente Lo Peor. Aunque aquí Granta se ha superado a sí misma y ha tenido la habilidad de darnos unas cuantas muestras del Arte de Lo Peor. Los Peores Narradores Jóvenes en Español seleccionados por la Revista Granta son reconocibles en el primer párrafo de sus relatos. Me asombro de su inclusión pero también de la falta de capacidad autocrítica de los Jóvenes Peores Narradores Que No Cejan En Seguir Siendo O Pareciendo Narradores. ¿Es que nadie se atreve a decirles que lo dejen, que se dediquen a otra cosa, que no han nacido para esto o no ponen el suficiente empeño y sangre en ello?

Séptima (bis) enseñanza. Me anticipo a preguntas de corte metafísico y digo que no explico el porqué de lo peor y lo no mejor con pelos y señales principalmente porque no quiero ensañarme en nombres. Baste decir que no son Lo Mejor. Baste escribir que no tienen potencial. Baste añadir que algunos son Lo Peor porque sus relatos no dicen nada, o no tienen ritmo, o están fatalmente escritos, o se ceban en detalles sin importancia, o tratan de imitar sin gracia y por supuesto sin conseguirlo, o en algunos casos todas estas cosas a la vez.

Octava enseñanza. Sé que los editores de Granta han cortado por el año 1975 en cuanto a nacimiento límite porque un poco más atrás se hubieran encontrado con una masa arrolladora de narradores que hubiera eclipsado a los finalmente incluidos. ¿Qué es ser joven hoy día? La juventud no se lleva en el carné de identidad o en el pasaporte, sino en los actos. En este caso la escritura. Algunos de Los Mejores Jóvenes Narradores en Español tienen cuarenta años, otros casi cincuenta, unos cuantos superan esta cifra, otros están físicamente muertos. Son Jóvenes que narran en español con unas maestría y soltura que ya quisieran para sí muchos de los, por ejemplo, Mejores Narradores en Lengua Inglesa. Si no fuera por ellos y por las brevísimas listas de las tercera y cuarta enseñanza habría que, ahora sí, darse de baja definitivamente de la literatura en español.

Novena enseñanza. Compré este número de Granta en La Casa del Libro de Málaga. Antes había estado en la Librería Luces, donde no sabían lo que era Granta y en donde las revistas literarias están en un expositor doble de la segunda planta, al lado de los libros de informática, una de cuyas caras, claro, está orientada de tal forma que no puede saberse cuáles de las revistas están colocadas en ella. Pregunté en La Casa del Libro y tampoco sabían a qué me refería: ¿Granta?. No había nadie en el establecimiento aparte de la dependienta y yo, único cliente. Paseamos ambos de un lado a otro de la planta baja, Buscando a Granta. Me resistía a ir a otra librería para no caer en el lugar común de la tercera, etc. Cada minuto que pasaba buscando entre estantes me alejaba de la Literatura. Comencé a darme cuenta de que la dependienta no estaba nada mal. Pelo castaño claro, aguado, recogido en una cola. Ojos marrones vulgares, ojos marrones enormes, bonitos. 1,65 cm. El peto verde le tapaba las formas frontales pero no las dorsales. De Literatura ya una mera bruma opiácea que se disipaba. ¿Cómo era la portada? Amarilla. ¿Y la tipografía? En español_____Los Mejores_____Granta_____Peto verde_____Spanish_____Culo_____Jóvenes_____. ¡Aquí está! Oferta: 
15 euros (Quince ).

Décima enseñanza. Los Mejores Jóvenes Narradores en Español son, por orden alfabético:
  • Abbati, Hugo
  • Bolaño, Roberto
  • Bonilla, Juan
  • Calvo, Javier
  • Carrión, Jordi
  • Cervantes, Miguel de
  • Espinosa, Miguel
  • Fernández Mallo, Agustín
  • Fernández Porta, Eloy
  • Ferré, Juan Francisco
  • Fresán, Rodrigo
  • Gopegui, Belén
  • Gual, Óscar
  • Gutiérrez, Pablo
  • Juan-Cantavella, Robert
  • Mora, Vicente Luis
  • Oloixarac, Pola
  • Ortuño, Antonio
  • Sanz, Marta
  • Serés, Francesc
  • Sierra, Germán
  • Vilas, Manuel
Por fortuna hay más, pero sólo he puesto 22, como en Granta, de la que se me olvidó decir que el tercer mejor relato es el Prólogo. Lo digo en serio.

15 nov. 2010

Hilo musical


Escribo esto a los días de acabar la lectura de la novela de Miqui Otero Hilo musical. Siempre es mejor dejar pasarlos para así olvidar detalles superfluos que dificulten e incluso eviten la tentación de contar el argumento, destrozándoselo a futuros lectores. A Miqui Otero no lo conocía de nada, ésta es su primera novela. Pero el día que vaya a Barcelona me gustaría tomar una cerveza con él porque presiento que nos divertiríamos a lo grande, él con su excelente sentido del humor y yo con mi asombrosa capacidad de absorción y escucha. Él con treinta años, yo una docena mayor. Él periodista, yo economista. Cuando se cansara de hacerme reír, le contaría cosas de mi azarosa y divertida existencia que quizá él pondría por escrito en su próxima novela para así hacerme algo famoso y algo feliz por aparecer en los papeles. En los suyos.

De estos de ahora, los de Hilo musical, se dice que forman una novela de iniciación. Creo que lo dicen porque Miqui es joven. Creo que lo dicen porque el protagonista de la novela también lo es y en ella hace cosas tradicionalmente reservadas a la locura de los jóvenes como enamorarse, tirar bombas fétidas, dejarse embaucar —aparentemente— por gente mayor y sin escrúpulos, recibir enseñanzas de viejas estrellas acodadas en la barra de un bar, disfrazarse para ganarse unos euros, llamar a concursos radiofónicos de preguntas chorras, confeccionar listas borgianas con temas musicales, etc. Lo que me causa un problema, o debería causármelo, pues yo hago cosas parecidas excepto tirar bombas fétidas, algo que no se me había ocurrido.

La historia que se cuenta en Hilo musical es divertida, pegadiza, tiene ritmo. También es sencilla, pero la forma de contarla le otorga una compleja dignidad que la eleva sobre las habituales y dichosas novelas de iniciación. Lo que quiere decir que hay novelas de iniciación muy buenas, buenísimas. Pienso en algunas. Por ejemplo en Fuera del cascarón, de David Lodge. En ella al protagonista sus padres lo envían un verano a visitar a su hermana en la Alemania ocupada por los aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Allí descubre el mundo, se enamora e inaugura el pop como forma de vida. Novela de iniciación menos divertida, en comparación, que otras novelas de David Lodge, y por comparación también con esta de Miqui Otero. También pienso en El amo del corral y, por extensión, en La chica y el violín, ambas de Tristan Egolf. Las recuerdo porque las dos narran historias sencillas de una manera soberbia, y en ambas los protagonistas sobrellevan sendos historiales de rechazos punk, salvajes, mientras que en Hilo musical la confrontación parte de referencias irreconocibles para quienes hayan vivido de espaldas al art-pop masivo sustanciado en las series de dibujos animados, los cómics y las canciones y el estilo de vida basado en la permanente absorción de la iconografía consecuente, suavizada por el humor explícito de Miqui Otero y por la falta de estridencia objetiva de estos tiempos en que unos envejecemos y otros crecen. También las recuerdo porque el narrador de Miqui se llama Tristán, como el novelista y músico Egolf, y porque el sabotaje catártico como protesta, desenlace de las dos novelas citadas, lo es también de Hilo musical. Fantástico.

Como puede leerse, tengo un problema con las, así llamadas, novelas de iniciación. La propia terminología, condescendiente con fallos fantasmas, invisibles —como una mancha que no es tal pero quienes nos miran se empeñan en señalárnosla—, parece indicar algo prescindible por mejorable. Una novela es buena o no lo es. De hecho, cuando alguien de cuyo criterio uno puede fiarse me pondera un autor, procuro leerlo sin seguir un orden cronológico, pues lo mejor suele encontrarse al principio de su carrera, cuando no estaba tan o nada pendiente de los focos, y lo suyo es descubrirlo una vez entrado en materia. Sobran los ejemplos, muy recientes, por añadidura. Así, puede decirse que uno se inicia en la aventura de vivir, de leer, de comer y hasta de joder al prójimo, pero no de escribir para el público. (No están los bolsillos de los lectores como para hacerles sufragar los entrenamientos de escritores primerizos.) Se es buen escritor o no se es. Está científicamente comprobado que los malos escritores tienen malos inicios y malos finales. Este de Miqui Otero es un buen comienzo, y ahora tengo la osadía de recomendarle que se olvide de sus lectores y siga escribiendo lo que le dé la gana. Para que lo que tenga que venir siga siendo al menos tan bueno como Hilo musical, con la que me he reído lo mío. Como con aquella otra citada de Tristan Egolf sobre una chica y un violín, que leí en un avión y los de los asientos de al lado me miraban porque no podía reprimir las carcajadas. Esta vez la lectura no ha sido por los aires sino en suelo semipropio, y no he podido resistirme a una narración in progress a los míos sobre los acontecimientos en Villa Verano Summerville, dijo mi hija—, las solitarias parades —que tanto me suenan— en la puerta de la Facultad y las narraciones de Nemo, entreveradas de cogotazos al narrador benjamín. Como muestra de su buen criterio iniciático, diré que Miqui Otero ha evitado extenderse más de lo debido en los detalles de explotación y degeneración propios de los parques temáticos (tomo prestada la idea de Jamón Park para futuras recreaciones con la debida cita y referencia a su inventor), pues para eso ya teníamos al Saunders de Pastoralia y Guerracivilandia en ruinas. Para que luego digan de los jóvenes.

Miqui Otero es un máquina con patillas y gafas de pasta y en la foto de la solapa lleva un polo con el anagrama de un pingüino. Ha tenido que echar la vista a un lado y hacia abajo para no reírse al mirar al pajarito, a la cámara. Le daría corte, supongo, que le hicieran un retrato descojonándose. En eso somos iguales, tío. Es mirar al objetivo y pensar en quiénes curiosearán después, adjetivando de mala manera, mi careto inmortalizado. Y si miro de frente y seguido, te encontrarás después con un tipo mortalmente serio y aburrido, más propio para hacer negocios y no, nada de eso es permisible: a las cámaras, que somos todos los de este otro lado, hay que hacerles el caso justo para que vean lo que nos hierve por dentro. Mejor bajar un poco el cuello, enfocar un metro hacia delante y a un lado y entonces, justo cuando la mecánica cuántica nos avisa del clic que ya ni se escucha, levantar una ceja y, sin decir patata, sonreír a la cámara. A nosotros.

11 nov. 2010

Correspondencias, de Hugo Abbati


Hace un par de meses fantaseaba —toda imaginación no hecha realidad es mera fantasía— con escribir una guía para leer a Thomas Bernhard, proyecto que pospuse por la vaga intuición de que ya debía de haber algo parecido, aunque oculto. Mi guía iba a ser barroca pero alucinógena, excéntrica, con notas pedal y sin adjetivos o muy pocos; tendría un 70% de comas y el resto de pausas se lo repartirían los puntos y los dos puntos. Dudaba entre un único párrafo o dos de los grandes. Como imagen, un catafalco con un cirio encendido en cada esquina. El artículo tendría unas doscientas visitas y quizá dos o tres comentarios ajenos, uno de ellos denigrante o directamente un insulto. No encontré la imagen adecuada. Tampoco escribí el artículo.

Quería escribir la guía porque llevo años haciéndole marketing de viva voz al escritor muerto —y sin recibir ni un duro de Alianza, Anagrama o Alfaguara—, y pensé que ahora que escribo debería escribir algo sobre uno de los autores que más me motivó en su momento a ponerme a escribir (!). Ante un par de conocidos y familiares, y ante la imagen que me devuelve el espejo, nunca he ocultado mi fascinación por la literatura de Bernhard, sin especificar qué era lo que más me atraía de su escritura. Es decir, balbucía vaguedades, recolectaba adjetivos elogiosos, y con ello intentaba construir un semblante literario que atrajese a hordas de futuros fans. En todo caso, los conversos fueron pocos, debido un 30% a mi torpeza y el resto a la mayoritaria inutilidad intelectual de quienes me escuchaban.

Por ejemplo, no les decía que hay más de un Thomas Bernhard. Sin entrar en honduras que conducen a poco, es fácil reconocer al menos un par de ellos. Estaría el lanzador de invectivas, el boleador de frases que hace de su repetición un arte difícilmente imitable sin caer en un ridículo diletantismo. Ése es en esencia el Bernhard estilístico, su cara más fácilmente reconocible, su epidermis, y en cuya apreciación —burda, en la mayoría de casos— suelen quedarse quienes juegan a recrear sus formas; también quienes rehuyen sus libros por exigir del lector algo más de atención que los insultos al criterio que suelen consumirse en este país inculto. Pero ese Bernhard arranca de otro Bernhard, subcutáneo, aprehensible sobre todo en el fondo de títulos como Trastorno, Helada, La calera, Corrección, Los comebarato, El malogrado. Visible en sus dramas teatrales ibsenianos, en algunas partes de su autobiografía. Ésa, sin menospreciar la otra, más famosa (Extinción, su autobiografía en cinco partes, , El sobrino de Wittgenstein, Tala, Maestros antiguos, Amras, El italiano, El imitador de voces), es la faceta suya que más me interesó siempre. Aunque para llegar a esta conclusión ha sido necesario que me lo diga un psiquiatra, por escrito.

Guía para leer a Thomas Bernhard

En la solapa del libro Correspondencias dice que Abbati lo es (psiquiatra) y trabaja y vive en Ronda, ciudad que a Bernhard le gustaba visitar. En la contraportada también se dice que en la novela hay un gato, lo que me recuerda a Nocilla Lab, de Agustín Fernández Mallo, donde una pareja está sentada en un bar portuario tomando unos cafés o unas cervezas o unos vinos y reciben una llamada relacionada con una gata. En Correspondencias no hay llamadas pero sí cartas entre dos amigos separados años antes por la marcha de uno de ellos al extranjero, para trabajar en un laboratorio en el campo de los virus y las proteínas. Los dos amigos se vieron por última vez en un puerto, almorzando. Fue allí y entonces donde sucedió lo de ese gato.

Todo esto es irrelevante. No lo es decir que el libro (Correspondencias) consiste en ese conjunto de cartas (la, así llamada, “epistolar” de toda la vida) cruzadas entre esos dos amigos separados por miles de kilómetros y años de no saber el uno del otro, y que además contiene un conjunto de claves, al final, también en forma de cartas, a las que se hace referencia durante la lectura de su, digamos, cuerpo principal. No lo es (irrelevante) decir que el intento de escribir la Guía para leer a Thomas Bernhard es un intento absurdo por estéril, puesto que Abbati ya lo ha hecho (escribirla) en este libro (Correspondencias). Tampoco sobraría afirmar que la novela de Abbati es de las cinco o cuatro mejores que he leído este año (entre casi ciento y pico) y me parece que ahora cabe/toca decir por qué, en párrafo aparte.

La novela de Abbati es:

  • tan buena por narrar con una admirable economía de medios los motivos de dos aislamientos sociales, uno en ciernes y otro casi consumado —que aún no ha salido del cascarón de inanidad en el que, por ejemplo, vegetáis todos vosotros con calma aparente—;
  • tan buena por contarlo, además, utilizando unos vehículos insólitos en la literatura de nuestros días, entregada a los monólogos de concursos provinciales o a la narrativa del egoísta sentimental, sea en primera o tercera persona;
  • tan buena por señalar —poner el dedo, pinchar el globo, etc.— cómo a poco que prestemos atención (verdadera) a nuestro alrededor más cercano (las afueras del cascarón), los actos cotidianos que sostienen nuestra existencia dejan de tener sentido más allá de la mera conformación de una postura o estrategia del simulacro, o del “disimulo”, como dice Abbati;
  • tan buena por desvelar la ineficacia de dichas estrategias en dos entornos radicalmente diferentes, y en dos sujetos o casos disímiles e incluso antitéticos;
  • tan buena por disociar los ecosistemas, o sociosistemas, del individuo en sí, estableciendo una metáfora impactante entre aquéllos (la sociedad) y el concepto de naturaleza, y entre aquél (el individuo) y los virus y las proteínas;
  • tan buena por mostrar una variedad evolucionada y dinámica del nihilismo, lejos de las extranjerías de Camus, las náuseas sartrianas o los chupapiedras y hombres-tronco de Beckett —quiero decir que, como buen mutante bernhardiano, Abbati es más entretenido que éstos, y mucho más legible (aunque si no has leído a aquéllos, a qué coño esperas)—;
  • tan buena por agarrar a un lector avezado como quien esto escribe y no soltarlo desde la primera página hasta la última;
  • tan buena por provocar un peligroso deseo de relectura, en tiempos que ya han empezado a rodar cuesta abajo, del maestro a quien no imita pero tanto recuerda por extractar su esencia con una actuación genial;
  • tan buena por suscitar, sin pretenderlo, un aluvión de recuerdos anecdóticos basados en la idiotez que rodea al mundo del libro:
un amigo al que recomiendo la lectura de El sobrino de Wittgenstein como iniciación a Thomas Bernhard va a El Corte Inglés a comprarlo; el dependiente le dice que “de eso tan marginal no tienen en la librería”;
—un famosillo dúo de bloggers —los Pimpinela del mundo literario en la Red— que descubren por azar al austriaco y lo califican de ¡novedoso!;
un amigo que es uno de mis muy mejores amigos literarios (el Bubba Gump de Forrest, Forrest Gump) al comprobar que Extinción consiste en un único párrafo de 400 páginas: “Uf, yo esto como que no...”;
una lectora que se autoadjetiva a sí misma como empedernida sobre Tala: “lo mejor era lo del sillón de orejas..., una y otra vez”;
and so on, como diría Kurt Vonnegut;
  • tan buena por entregar duros a cuatro pesetas y porque, además, leyéndola dejas pasar con extraña alegría unos cuantos deslices ortográficos y sintácticos (algo imperdonable en los textos aburridos que estáis acostumbrados a leer vosotros) que pierden toda importancia frente a la narración en sí, frente a cada carta, frente a cada pensamiento enroscado en las líneas, cada conclusión, degeneración vital, herida abierta, cicatriz reverdecida, abandono, destrucción, absurdo.
  • tan buena porque además la ha escrito un psiquiatra que de esto, de lo que subyace bajo la narrativa mostrada en la novela, tiene que saber un huevo y, por ello, ha debido de resistirse como un valiente ante las tentaciones de incluir un catálogo (al estilo español) de patologías con el objetivo espurio de rellenar más páginas.
He aquí todo un descubrimiento. Por lo visto Hugo Abbati lleva años escribiendo incluso obras teatrales, y hasta ha recibido premios en Argentina y aun en España. A mí la novela me la han prestado y ya está metida en un sobre con dirección a A Coruña, para consumar su aprovechamiento múltiple, en una gira postal que no sabemos si terminará en su lugar de partida. Pero me da lo mismo: yo pierdo un ejemplar, pero éste acumula lectores. Creo que de ésta ganamos unos cuantos fieles más a la causa literaria de Thomas Bernhard.

Aun así, termino con la sensación del que inicia un viaje y sabe que ha olvidado meter en la maleta algo importante. Algo relacionado con las necesidades básicas: higiene, alimentación, seguridad. Pero quién abre la trolley para hacer decir ¡Presente! a las miserias que acompañan cada viaje, ahora que casi llega ya el aviso de embarcar. Mejor dejar todo inventario de ausencias para más tarde, cuando ya sea irremediable o cuando, sobrevolando una compacta masa de nubes y releyendo estas cartas, cualquier palabra borre ese olvido y así y todo continuemos leyendo. Siempre leyendo.
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